
Había que huir. Y el camaleón lo reconoció en un ida y vuelta con Uncut en 1999: “Fue un periodo peligroso para mí. Estaba al límite física y emocionalmente y tenía serias dudas sobre mi cordura”.
David Bowie había grabado Station to Station en Los Ángeles atado a una adicción a la cocaína tan alarmante que décadas después afirmó no recordar las sesiones. Los amantes del cotilleo contaron que el músico tenía la piel pálida de un vampiro, el cuerpo delgadísimo como filamento y una dieta jamás concebida por alguien más, basada en pimientos y leche.
En 1976, al borde del delirio, cruzó el Atlántico en busca de distintos aromas, tendencias y refugios, y aterrizó en la grisácea Europa para producir el nuevo material de su amigo Iggy Pop. En el Château d’Hérouville, castillo del siglo XVIII a las afueras de París convertido en estudio residencial para músicos, Bowie produjo The Idiot. El lugar arrastraba una mitología propia: Elton John, Pink Floyd y T. Rex habían grabado ahí entre jardines húmedos, habitaciones heladas que parecían alojar fantasmas y salones donde convivían pianos, cintas y botellas vacías.
Una vez concluida la misión con Iggy, llamó a Brian Eno, un explorador perpetuo y devoto de la música alemana de la época, y a Tony Visconti. Decidió permanecer en el mismo castillo y empezar a trabajar en su propio disco, Low, una obra maestra que como tal, en sus primeras escuchas, horrorizó a uno que otro ejecutivo.
El sitio elegido tenía su historia y sus historietas. Los estudios llevaban los nombres de Frédéric Chopin y George Sand, amantes que habían vivido allí en el siglo XIX. Los pasillos crujían en las madrugadas y el château conservaba una elegancia rara, mitad refugio aristocrático, mitad laboratorio sonoro para artistas exhaustos.
La primera noche, según Visconti, Bowie entró al dormitorio principal y dijo: “¡No voy a dormir aquí!”. En ese mismo tenor, el aludido confirmó: “Era un lugar espeluznante. Rechacé una habitación porque se sentía increíblemente fría. Que yo sepa, no tuvo ningún efecto en la tonalidad del trabajo. El estudio era una delicia, destartalado y acogedor”.
Mientras tanto, Eno afirmó que más de una vez sintió la presencia sobrenatural de Chopin y Sand. Poco después desarrolló una tos que inevitablemente le recordó a Chopin, asociado durante generaciones con la tuberculosis que terminó con su vida en 1849.
Bowie caminaba de noche por los corredores del château. Fue en ese ambiente extraño donde nació “Warszawa”. Fue en ese ambiente extraño donde nació “Warszawa”. Bowie tuvo que viajar a París a resolver un pleito legal, pero antes de marcharse le clavó los ojos a Eno y le lanzó la encomienda: “Quiero una pieza muy lenta, con un tono muy emotivo, casi religioso. Eso es todo lo que quiero decirte”.
Brian se quedó solo.
El hijo de cuatro años de Visconti estaba en el piano, presionando tres teclas blancas: A, B y C. Eno entró, se sentó junto al niño y tocó con él, completando la melodía. Esa suerte de jugueteo inocente se convertiría en el esternón de “Warszawa”.
Cuando Bowie regresó, escuchó lo que Eno había tejido y en menos de diez minutos compuso una letra que en realidad respondía más a una fonética inventada que a un idioma existente destilado en bellas líneas. Tal inspiración emanaba de un disco del coro folclórico polaco Śląsk que había comprado en una tienda del barrio de Żoliborz durante una escala en Varsovia. Era una pieza titulada “Helokanie”.
“‘Warszawa’ trata de Varsovia y de la atmósfera sombría que sentí ahí. ‘Art Decade’ es Berlín Oeste, muriendo sin esperanza. ‘Weeping Wall’ es el muro y su miseria. Y ‘Subterraneans’ es la gente atrapada en Berlín Este, de ahí los saxofones representando la memoria de lo que fue. La música era casi terapéutica. Era un subproducto de mi vida. Simplemente salió. No hablé con nadie”, contó Bowie.
El gran eco llegaría desde Manchester a propósito de una nueva banda que antes de llamarse Joy Division, se abanderó como Warsaw, en referencia directa a la canción de David.
La viuda de Ian Curtis, Deborah, lo explicó en sus memorias: “Se decidieron por Warsaw, tomado de ‘Warszawa’ de Bowie, que era menos típico que los otros nombres que se barajaban”.
Curtis llevaría ese peso oscuro más lejos que nadie. La banda ciertamente cambió de nombre, pero Curtis nunca dejó de ser Warsaw: un hombre de ojos traslúcidos atrapado al otro lado del muro, sin salida visible hacia el oeste.
Opina en Radiolaria