
Chico Bouchikhi solo necesitaba cuerdas para su guitarra. Ese día soleado de 1982 entró en una tienda de música en Saint-Tropez con Nicolás Reyes, voz y alma de los Gipsy Kings, y salió con la invitación más inverosímil de su vida. Casi sin alzar la vista, el despachador del local les preguntó si les interesaría amenizar una fiesta de cumpleaños. La celebrada era Brigitte Bardot.
Estupefacto al enterarse de la mujer a la cual se festejaría en el guateque, Chico respondió y aceptó con la única metáfora que se le cruzó por la mente: “¿Te imaginas? ¡Es como si le preguntaras a un ciego si quiere ver!”.
Los Gipsy eran gitanos de raíces españolas nacidos en el sur de Francia. Se nutrían de las familias Reyes y Baliardo, dos linajes de flamenco exiliados en Arlés desde la Guerra Civil, además de Bouchikhi, el cuñado argelino-marroquí que había entrado a la familia por amor y a la música por talento. Tocaban en bodas y playas, cargando algo valioso que nadie les había confirmado todavía.
Esa misma noche, en un restaurante de la playa de Pampelonne, se plantaron con sus guitarras relucientes y sus nervios opacos frente a la francesa más fotografiada del siglo. Con cuarenta y ocho años y sus cabellos brillantes de aurora rubia, la despampanante Bardot celebró sin comportarse como una diosa. Bailó y canturreó con la misma naturalidad con la que un pez se mueve entre corrientes cálidas, y cuando quiso pagarles al terminar, Chico la paró en seco: “Excusez-moi, pero más bien me toca a mí preguntarle cuánto le debo yo a usted”. Esa respuesta abrió La Madrague, la villa de Bardot en Saint-Tropez, y con ella, el acceso directo al contacto más poderoso del showbiz galo.
La villa se hizo territorio familiar y desde ahí la amistad tomó forma de complicidad. La rubia quería salir con ellos de noche, mezclarse y volverse una más entre la gente, desvaneciendo cualquier migaja de divinidad. Se ponía peluca y le pedía a Chico que la presentara como su hermana mayor. Hay quienes sostienen que él llegaba a recogerla en un automóvil compacto con la puerta del pasajero tan vencida que ella tenía que entrar por el lado del conductor.
Pese a las gambetas de anonimato, el cotilleo de la gente empezó a crecer. Aquella mujerona se parecía demasiado a la luminaria y pronto corrió el rumor de que si contrataban a los gitanos podía aparecer Bardot como regalo.
Brigitte llamó a sus contactos, abrió puertas, movió el mundo que sabía mover. “Ella descubrió en nosotros lo que a los demás les tomó diez años ver. Fue nuestra hada madrina”, dijo Chico.
Como muestra de eterna gratitud, los Gipsy Kings le dedicaron en ese 1982 lo único que siempre supieron obsequiar: una canción de seda. Fue una entrega en su lengua vernácula sobre el amor hacia alguien que no termina de comprenderse y que parece más un sueño. La titularon “La Dona” y la colocaron entre las guirnaldas de Allegria, el primer disco que publicaron como Gipsy Kings.
En 1991, una disputa con la gerencia del grupo alejó a Chico de los Gipsy Kings. Fundó Chico & the Gypsies y siguió tocando por su cuenta, pero la amistad con Bardot jamás se rompió.
Cuando Brigitte murió el 28 de diciembre de 2025, varios miembros de la cuadrilla encabezaron la procesión desde la iglesia de Notre-Dame de l’Assomption hasta el cementerio de Saint-Tropez, guitarras en mano, tocando “Djobi Djoba”, el corte de su repertorio que ella más amaba. El féretro de mimbre avanzó con la cadencia de una balada de terciopelo entre cientos de vecinos.
Y con eso, Saint-Tropez conservó por siempre dos cosas: ese mar turquesa que no es ni feroz ni tímido y esa canción gitana que no llora por la rubia despampanante pero tampoco se le resiste.
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