
Debby recordaba la casa familiar llena de música. Su padre, Harry Evans, y su hermano Bill pasaban largas horas frente al piano hablando de jazz, discos y armonías. Ella jugaba muy cerca, ellos conversaban sin mínima noción del tiempo.
Aquella pequeña es quien inspiró “Waltz for Debby”, una de las melodías más reconocibles del jazz moderno.
La primera grabación apareció en New Jazz Conceptions. Duraba un minuto y veinte segundos. Evans tocó solo. La pieza estaba escrita en compás de vals, una estructura no habitual en el jazz de mediados del siglo XX. El piano revelaba el sonido que se volvería característico en su estilo: un toque delicado, profundo, con una superficie sonora que muchos asociaron con el terciopelo.
La melodía encontró su verdadera dimensión cuando Evans la desarrolló con el trío que formó junto al bajista Scott LaFaro y el baterista Paul Motian. Así, el piano dejó de ser el centro absoluto y el trío comenzó a funcionar como una conversación de instrumentos.
La vida del pianista en esos años estuvo marcada por inestabilidad y estreses económicos. En algún momento llegó a considerar abandonar la escena pública. Sin embargo, las deudas y la presión de prestamistas que exigían pagos inmediatos lo obligaron a volver a tocar. De regreso en Nueva York recibió una propuesta providencial: Max Gordon, el fundador del Village Vanguard, le ofreció actuar en el club asiduamente.
El lugar tenía fama de difícil. El piano estaba lejos de ser ideal y el público solía conversar con un volumen que opacaba a la música. Sin embargo, ese espacio acabó convirtiéndose en el escenario de una de las grabaciones más influyentes del jazz.
El 25 de junio de 1961, el trío registró allí un concierto del que surgirían dos discos fundamentales: Sunday at the Village Vanguard y Waltz for Debby.
La historia de Evans siguió atravesada por tensiones profundas. Su hermano Harry murió por suicidio en 1979. Para entonces el pianista vivía en una situación cercana al ostracismo, marcada por problemas de salud y el desgaste de las adicciones.
Su manera de tocar también reflejaba ese deterioro. Se inclinaba sobre el piano con la cabeza tan baja que su frente quedaba a un suspiro de las teclas. A esa postura encorvada se sumaba el deterioro físico, con las manos hinchadas por una hepatitis crónica agravada por años de drogas. La imagen resultaba inquietante. Lo extraordinario ocurría cuando comenzaba a tocar: la música seguía fluyendo con una claridad intacta.
Pettinger resumió la sensación que rodeaba aquellos conciertos con una frase que se volvió célebre: “Quienes acudían a sus conciertos eran conscientes de que cualquier noche podía ser la última”.
Evans tocaba con esa conciencia. Consumido por conflictos familiares y personales, encontraba en el piano una forma, al menos momentánea, de respirar sin agobio. La música ocupaba todo el espacio posible en su vida; el resto de las cosas quedaba relegado, incluso el público que llenaba los clubes para escucharlo.
El productor Orrin Keepnews resumió ese deterioro con una frase lapidaria: “Bill Evans no murió en 1980. Se suicidó lentamente durante un periodo de veinte años”.
A pesar de todo, Bill mantuvo “Waltz for Debby” en su repertorio y la pieza terminó convirtiéndose en uno de los estándares del jazz moderno.
La melodía que había nacido dentro de una familia fue un faro. En ella permanecieron la claridad de la melodía, la conversación entre instrumentos y una sensación de paz que aún se percibe bajo el tenue alumbrado de los clubes donde el jazz sigue siendo causa de sonrisas.
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