La historia detrás de las más grandes canciones

Emilia Sánchez

Silvio Rodríguez guardó aquella canción nueve años en un cajón. La escribió en alta mar, en un camarote de dos metros y medio, rodeado de pescadores, pensando en una mujer a la que no podía dejar de recordar aunque lo intentara con el ímpetu de todo un océano.

Era ella Emilia Sánchez, a quien conoció a los diecisiete años, mientras hacía el servicio militar en La Habana. Él le habló de Bob Dylan. Ella puso entre sus manos su primer libro de César Vallejo. Destellos nacientes de una pasión. “Fue mi primer amor importante en el sentido de que fue el primer amor que me enseñó cosas”, confesaría el trovador unos años más tarde.

Ella estudió medicina primero — “cosa loca de ella, en realidad siempre fue de las letras” — y cuando se fue a Camagüey, Rodríguez se quedó en La Habana, totalmente desolado. Más que secarse, el amor fue cortado por las circunstancias. Tuvieron encuentros durante siete años. Siete años de creciente y de callar lo que no cabía en ninguna conversación.

En 1969 el régimen cubano despidió a Silvio de su programa de televisión por hablar bien de The Beatles, banda cuya música era considerada imperialista. Fue entonces que, con veintitrés años y la boca tapada, el joven negoció embarcarse en el Playa Girón, un pesquero de la flota cubana. Zarpó con un centenar de hombres y tres cintas de noventa minutos. Navegó cinco meses por el Atlántico entre amaneceres y anocheceres líquidos, rodeado de sal y marejadas, con el horizonte como única pared. Tierra quedó atrás desde el primer día. Le dieron un privilegio inusual — “haz lo que te dé la gana”, le dijeron — y cuando se aburría de pescar se metía al camarote a componer. Sus manos sobre la guitarra y el Atlántico afuera, espuma contra el casco. Compuso sesenta y dos canciones.

Una mañana, la musa apareció entre las arenas de la memoria. “Emilia fue la llave de ingreso a aquella música y palabras vertiginosas. Era un momento intenso, una consciencia plena de lo que estaba hallando. Andaba y desandaba el camarote con la guitarra sobre el pecho, cantando aquella aparición, chocando con todo, con la vista nublada”, narró el cantautor en 1981, en una entrevista con Isabel Parra y Eduardo Olivares para la revista Hoy.

“Ojalá” invocaba imposibles, algo así como que la luna pudiera salir sin ella, que la lluvia dejara de bajar por su cuerpo, que el deseo se fuera “a tu viejo gobierno de difuntos y flores”. Silvio ahondó: “Pasaron los años y el recuerdo de aquel amor tan bonito, tan productivo, tan útil, me tenía obsesionado. Fue además un amor tronchado por las circunstancias, no fue cosa que se agotara. Y se me quedó un poco ese fantasma detrás. Por eso es que compuse esta canción, quizás en un momento de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto, ojalá lo otro”.

La guardó casi una década hasta que la publicó en 1978, como parte de las composiciones de Al final de este viaje. Entonces comenzó el malentendido. La frase “tu viejo gobierno de difuntos y flores” bastó para que miles creyeran que se trataba de una pieza de sustancia política, un bellísimo “disparo” contra Fidel, contra Pinochet, contra Franco. Descolocado y presa de la impotencia, Silvio dijo: “Esa gente no escuchaba bien la letra porque cualquiera que la escuche se da cuenta de que está dedicada a una mujer”.

La palabra que da título a la gema de los anhelos ilusos proviene del árabe inshallah, que refiere “si Dios quiere”. Entró al castellano durante la ocupación mora de la península ibérica y se quedó para siempre.

Emilia Sánchez envejeció como una luz cegadora, como un disparo de nieve, como una venusina que por años enseñó filología en la Universidad de Camagüey. Exactamente lo que Silvio siempre supo que ella era. Y su nombre, el nombre que la canción le pide al mundo que olvide, jamás se le olvidó a esa voz.

No la vio tanto, pero la amó siempre. En todos los segundos, en todas las visiones.

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