La historia detrás de las más grandes canciones

El comatorio

Una tarde de 1996. Las cinco y treinta. Hora pico en El Paso, Texas. Julio Venegas subió al paso elevado de Mesa Street, miró hacia abajo a la Interstate 10, y saltó.

No era la primera vez que intentaba matarse. Antes se había inyectado veneno para ratas. Había entrado en coma y salido. Había tenido que aprender a caminar de nuevo, con dificultad. Su cuerpo cargaba cicatrices de cada intento anterior — Omar Rodríguez-López diría años después que esas marcas eran como un mapa de los lugares donde Julio había estado.

Era poeta, pintor, bajista. Tenía veinticuatro años y había sido gran amigo de la infancia de Rodríguez-López y de Cedric Bixler-Zavala, los dos chamacos remojados en la escena punk de El Paso que llevaban años tocando juntos en At the Drive-In, cuadrilla de hardcore que había convertido a esa ciudad fronteriza en un sitio al que valía la pena visitar al menos una vez.

At the Drive-In había estado a punto de ser la próxima gran banda de rock. En 2001, cuando grabaron Relationship of Command con Ross Robinson, productor de Korn y Sepultura, el mundo del alternativo los llamó “los próximos Nirvana”. Entonces implosionaron irremediablemente y se partieron en dos: Jim Ward, Paul Hinojos y Tony Hajjar formaron Sparta y siguieron el camino más predecible, mientras que Rodríguez-López y Bixler-Zavala se negaron por completo a surcar senderos seguros y fundaron The Mars Volta.

En 2003 el mundo escuchaba a Linkin Park y a Evanescence y en ese contexto irrumpió la placa De-Loused in the Comatorium, una hora de música acerca de un hombre que entra en coma, viaja por una pesadilla interior y cuando despierta decide saltar de un puente. El comatorio es eso, el sanatorio del coma, el lugar que Cedric y Ward inventaron para nombrar el infierno privado de Cerpin Taxt.

Virtuosos capaces de la improvisación más desaforada, los Volta construyeron algo donde el progresivo, la salsa, el jazz y el punk se fundían para huir de las categorías más obvias. NME les marcó nueve sobre diez estrellas, Kerrang! convino darles el máximo puntaje y Uncut escribió: “Imaginemos una sesión de jam entre King Crimson, Fugazi y el Miles Davis de los años 70. Ahora pensemos que funciona”.

Varios críticos lo compararon con el inmenso Wish You Were Here de Pink Floyd, otra obra construida alrededor de un amigo que se perdió a sí mismo. Bixler-Zavala le dijo al Boston Globe: “La mitad de la razón por la que actúo como actúo es por cómo él me influyó a través de su pintura, su escritura y su música”.

El protagonista del álbum se llama Cerpin Taxt. Es Julio Venegas con otro nombre. “Televators” es la décima pista, penúltima del disco y la única donde baja la voz. En medio de ese huracán, llega como un corrido psicodélico, casi acústico. Rodríguez-López toca guitarra con suavidad y Bixler-Zavala pacta la tregua y canta con una congoja que en el resto del disco no se había permitido. “Just as he hit the ground, they lowered a tow that stuck in his neck to the gills, fragments of sobiquets…

El disco salió el 24 de junio de 2003. Un mes antes, mientras estaban de tour con los Red Hot Chili Peppers, murió Jeremy Ward, el manipulador de sonido de la banda, coautor del relato que dio origen al álbum y amigo de ambos. Murió de sobredosis de heroína a los veintisiete años. Bixler-Zavala recordó que un día, mientras los dos consumían juntos, Ward le preguntó si podía alcanzar a ver los gusanos que tenía en la cabeza.

El álbum que los Volta habían hecho para enterrar a un amigo terminó siendo también el funeral de otro. “Televators” carga con los dos.

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