
La periodista Irish Jaega no llegó al trabajo el lunes. El escritorio quedó vacío.
Sonó el teléfono de Geoff Barton, editor de la revista Kerrang!. Era Jim Martin, guitarrista de Faith No More. Con voz aguda y nasal, casi caricaturesca, le avisó que habían secuestrado a su reportera y que si la revista no les daba la próxima portada, le iban a rapar la pelambrera entera con rastrillos.
Así arrancó la gira británica en febrero de 1990.
Faith No More lo integraban cinco polluelos de San Francisco que viajaban en una minivan sin calefacción hacia Sheffield cuando a nadie en Estados Unidos le importaban mucho. The Real Thing llevaba ocho meses en las tiendas y había salido de la escalinata del Billboard, pero en Inglaterra el sol brillaba: las entradas de sus recitales se habían agotado, la prensa los traía asediaba y los fans aparecían en hoteles a kilómetros de cada sede porque el bajista Billy Gould los había invitado a un festejo permanente sin pensar en las fronteras de su amabilidad.
El triunfo no fue sencillo. A mediados de 1988, con dos álbumes encima y un contrato con Slash Records recién firmado, la banda echó a su vocalista Chuck Mosley por constantes peleas, una conducta cada vez más errática y un inesperado e incómodo momento en el que se quedó dormido en la fiesta de lanzamiento del álbum de 1987, Introduce Yourself.
Tras ofrecer infructuosamente el puesto a Chris Cornell, Jim Martin puso la mira en un joven estudiante de literatura de la Universidad de Humboldt que trabajaba medio tiempo en una tienda de discos en Eureka, California. Se llamaba Mike Patton y cantaba en un grupo de culto y aliados fieles llamado Mr. Bungle.
El pintoresco veinteañero llegó, comprendió que las pistas del nuevo álbum ya estaban terminadas y en doce días cumplió la encomienda de escribir todas las letras de la placa sin derecho a opinar demasiado sobre la música.
En la furgoneta hacia Sheffield repartían galletas y escuchaban una cinta con llamadas a un dueño de bar al que durante ocho meses alguien había telefoneado preguntando por tipos con nombres imposibles. Cuando el viejo finalmente entendía la broma, los insultos eran apabullantes.
Fue en ese ameno recorrido donde Irish Jaega le preguntó a Patton qué lo inspiraba para escribir. “Cosas feas”, respondió el cantante con una sonrisa maníaca. “Orgasmos, náusea, frustración, caspa y despedazar a la esposa. ‘Underwater Love’ básicamente es una canción sobre asesinar a alguien que amas. El asesinato es como escribir una canción. Lo planeas y si todo sale como se supone, es un éxito. Nunca lo he hecho (añade rápidamente), aunque el asesinato tiene cierto atractivo, si supiera que podría salirme con la mía».
La melodía de “Underwater Love” es ascendente y alegrona, la voz de Patton retumba tanto como cautiva y el bajo de Gould vibra con un groove casi funk que imposibilita cualquier tipificación. La lírica habla de mirar hacia abajo a través del agua y no distinguir la cara del otro, de cómo el líquido se filtra en los pulmones pero los ojos todavía lucen serenos, de qué hermoso es cómo la superficie ondula. Nadie había explicado ese contraste deliberado hasta ese trayecto en la van.
Jaega le preguntó a Patton qué le daba miedo y la respuesta deslumbró por lo incomprensible: las cortinas de baño. Porque cuando uno inicia la ducha, la corriente genera una especie de viento fantasmagórico y la cortina se empeña en pegarse al cuerpo desnudo, como si estuviera viva.
Así pues, el chaval que escribió una canción de amor sobre ahogar a alguien le tenía terror a las cortinas de baño.
Esa misma noche, en Newcastle, el efervescente Patton dio brincos desde el estrado de la batería hasta arrancar a medias una cortina de terciopelo del escenario. Tuvieron que escapar del venue antes de que llegara el dueño.
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