La historia detrás de las más grandes canciones

Entre el perro andaluz y Pixies

Luis Buñuel llegó al Studio des Ursulines con los bolsillos llenos de piedritas que había recogido de la calle minutos antes de entrar, por si el público parisino enfurecía y se le venía encima.

Esa noche del 6 de junio de 1929 se proyectó por vez primera Un Chien Andalou — diecisiete minutos filmados en diez días con el dinero que le facilitó su madre.

El filme del aragonés abre con un ojo seccionado en un corte frontal. Después vienen hormigas brotando de una palma, burros muertos sobre pianos de cola, seminaristas arrastrados por el suelo. Ese era el método: encadenar imágenes nacidas del sueño, sin argumento ni explicación posible.

Los presentes aplaudieron y Buñuel sintió que algo empezaba a desbordarse. No supo cómo reaccionar ni qué decir. Su intención había sido escandalizar a la burguesía francesa y esta recibió la película con entusiasmo. El éxito contrariaba el espíritu con el que había sido concebido todo.

Un Chien Andalou se mantuvo en cartelera durante ocho meses, como un fenómeno inesperado para una pieza sin argumento, explicaciones simples ni concesiones. Su historia pudo haber acabado ahí, pero las imágenes siguieron surcando las décadas y en 1986, dos estudiantes de la Universidad de Massachusetts, Charles Thompson y Joey Santiago, colgaron un anuncio en una revista buscando bajista. El requisito rayaba en el cosmos de lo insólito: debía gustarle tanto Hüsker Dü como Peter, Paul and Mary.

El anuncio estaba aún caliente cuando apareció Kim Deal, con un bajo colgado y una intuición filosa para reconocer lo que estaba surgiendo. Poco después llegó David Lovering, y en esa suma de voluntades tomó forma Pixies, en el perímetro universitario de Boston. En menos de dos años grabaron Come On Pilgrim y Surfer Rosa, dos materiales que parecían haberse escrito sin mapa ni coordenadas. En Estados Unidos la banda avanzó en voz baja; en Inglaterra, en cambio, halló oídos abiertos y una prensa que supo escuchar una fisura nueva, una electricidad irreverente y hechizante.

Thompson, quien en el escenario era Black Francis, se topó con Un Chien Andalou en sus días universitarios y la película se le quedó adherida a la mente como pegamento. Cuando abrió el álbum Doolittle con “Debaser”, palabra que refiere a degradar lo que alguna vez fue puro, la cinta de Buñuel estaba ahí adentro, comprimida en tres minutos, lanzada sin red. El bostoniano escribió la letra en pocos minutos sin tantas cavilaciones: “Tiene más que ver con la rima de palabras y con hacer que las cosas encajen matemáticamente. No pienso demasiado en las palabras, son cosas que simplemente me vienen a la cabeza».

Joey Santiago confesó que nunca entendió qué significaba la frenética “Debaser” y optó por no descifrar nada, mucho menos preguntarle al desprolijo y gruñón Black los pormenores de la composición: “Era como si estuviera espiando su intimidad”.

La canción no salió como sencillo oficialmente, pero dejó una huella. Entre quienes la absorbieron estaba Kurt Cobain, quien años después admitiría en la revista Rolling Stone que al componer “Smells Like Teen Spirit” estaba “básicamente intentando copiar a los Pixies”.

Buñuel salió del cine a salvo, con las piedritas aún en sus bolsillos. Casi sesenta años después, Francis salió del estudio satisfecho pero sin imaginar que había escrito un himno junto a sus tres secuaces.

El surrealismo no pereció en París. Emigró a Boston y aprendió a tocar guitarra.

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