Claqué en una celda de Nueva Orleans


El verdadero nombre de Jerry Jeff Walker era Ronald Clyde Crosby y no nació en el polvo texano, como podría pensarse a partir de las decenas de fotografías que circulan en la red con su sombrero bien puesto, sino en Oneonta, en el extremo norte de la región montañosa de los Apalaches. Territorio neoyorquino, muy lejano a las fascinaciones de Jerry.

Antes de dejar su adolescencia ya se mostraba seguro de un par de cosas: su gusto por el folk y su total convencimiento de que existe el amor a primera vista. De esta segunda certeza se desprendió la gran peripecia que cambió su vida en 1966. Una noche, después de pasarse de tragos en una taberna de Nueva Orleans, Jerry salió a las calles y junto a los barandales exteriores del famoso Cafe du Monde le echó ojo a una bella chica. Con el valor que obsequia la media consciencia y sin mínima presentación, la abordó y descosió un discurso acerca del poder del flechazo súbito entre dos personas. No fue vehemente, pero sí suficientemente insistente, incómodo y tozudo para llamar la atención de transeúntes y guardianes del orden. Su empecinamiento disolvió lo que parecía un cortejo inocente y bien intencionado, y Jerry acabó esa noche en una celda.

Entre rejas conoció a interno de edad avanzada que le saludó cortésmente y le hizo llevadera su única velada en prisión, platicándole de su perro muerto, sus romances fallidos y su pasado como bailarín callejero. A las anécdotas llenas de pasado y emoción siguió un pequeño performance que los demás reclusos pidieron al veterano danzante. Éste atendió la solicitud de la comuna de malhechores nostálgicos y raspó el suelo de la cárcel a ritmo de tap. Su habilidad para coordinar los tobillos quedó fija en la mente de Walker, quien recuperó su libertad y abandonó la cárcel al amanecer con pensamientos frescos y nuevos amigos a los que no vería nunca más.

Inspirado en las varias historietas con las que aquel anónimo compañero de celda ablandó su detención y ya instalado en lares texanos, escribió “Mr. Bojangles”, término que sacó del apodo de Bill Robinson, bailarín negro de tap que apareció en un buen número de películas en la década de los 30.

Y aquí vino, como si se cayera, un tiro directo sobre mi libreta amarilla. Una noche en la que el resto del país escuchaba a The Beatles, yo me la pasé escribiendo un vals en 6/8 sobre un anciano y la esperanza. Fue una canción de amor«, escribió Jerry Jeff Walker en las páginas de su libro Gypsy Songman. «En muchos sentidos, Mr. Bojangles es un compuesto, es un poco de varias personas que conocí en pequeños momentos de una vida pasajera. Él es todos esos que conocí alguna vez, que nunca volveré a ver y que jamás olvidaré«.

A través del sello ATCO el cantautor publicó «Mr. Bojangles» el 20 de junio de 1968, pero el tema apenas y arañó el escalón setenta y siete del Billboard. Acaso la decisión no fue acertada, a pesar de la tirilla de sucesos que inspiraron uno de los más grandes clásicos del country. El amor a primera vista, el etílico cortejo a una chica en los barandales de un café y la indeleble madrugada de tap y nostalgia en una celda fueron ignorados por un país sumido en la zozobra. Catorce días antes, Robert F. Kennedy yacía tendido y agonizante en el pasillo del Hotel Ambassador. Varios disparos semejantes al taconeo de un bailarín traspasaron el aire californiano y acabaron con su vida.

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