Mister Fahrenheit

No se requiere recitar toda la letra. Con unas líneas queda claro. “I’m floating around in ecstasy”, “I’m a racing car passing by like Lady Godiva”, “I’m burnin’ through the sky, 200 degrees, why they call me Mister Fahrenheit”, “I am a sex machine ready to reload”.

Uno de los cortes más volcánicos que Freddie Mercury compuso para rematar los años 70 describía su estado de excitación, sus ganas de comerse a miles de seres humanos sin objeción, su deseo de traspasar la atmósfera y sus intenciones de calcinar Urano e incendiar Neptuno.

Paradójicamente, el título de “Don’t Stop Me Now” incluía un negativo que aceptaba todo. Y a todos. Y entre tal efervescencia, a Brian May, el seriecito de la melena y la guitarra Red Special, le sacó de balance el desfogue sin perímetros de su socio de escenario, aquél que por entonces aún no usaba el mostacho killer como arma de seducción y disparador de su irrebatible fotogenia. La inquietud de May partía de atestiguar a diario el frenesí y la calentura de un treintón sin visos de saciedad. Cualquier barranco sería invisible, cualquier contagio irreversible. “El tema no me cautivó en un principio. No me sentí totalmente cómodo con lo que Freddie estaba cantando. Lo encontré demasiado frívolo en vista de los peligros del SIDA y de todas esas cosas”, confesó Brian.

Detrás de la batería, la opinión tampoco era enteramente entusiasta. “Creo que no es una de nuestras mejores canciones, pero me gusta el ‘call me Mr. Fahrenheit’, es hilarante y se ha convertido en una especie de grito de guerra para muchos”, dijo Roger Taylor a la revista Mojo en enero de 2019, como si su declaración sirviera para conmemorar los cuarenta años del single de la euforia y la desmesura, la meteórica pieza de Queen imposible de olvidar, el corte power pop por antonomasia con el cual uno se convierte en meteorito, depravado o piloto de Formula 1. El himno de los febriles que dura solo doscientos cuarenta segundos, muy a tono con la urgencia y los precoces.

Pero si algo distingue a “Don’t Stop Me Now” es su función fielmente exhibidora del tiempo que vivió su creador. Derrape descomunal. Era lava y era incandescente. Ni modo de detenerle. Es bien sabido que a la publicación del sencillo le precedió aquella célebre y románica fiesta en el Hotel Fairmont de Nueva Orleans. En la cuna del jazz Mercury montó la verbena del desenfreno y el exceso. Cerca del final de los setentas, los certificados con que se sellaba el libertinaje los daba el rumor del SIDA. Al no confirmarse todavía como el monstruo sanguíneo que pondría en jaque la década siguiente, quedó espacio para retar al destino por la vía carnal. Entre caricias, arrumacos y arañazos, esa noche el rockero de treinta y dos años fue María Antonieta, Calígula y Gainsbourg. Refractario a la templanza, exprimió hasta el dolor ese having a good time y cada media hora estuvo de nuevo ready to reload. Las líneas de cocaína y los tragos de champán no le restaron energía. Más de cuatrocientos invitados, bailarinas obesas, enanos, encantadores de serpientes e invitados que se las arreglaron para detener sus traseros continentales en tangas microscópicas desfilaron por los ojos del rockstar. Un periódico local tituló su nota del día siguiente “Nude Orleans”. Vendedor y preciso.

“Muchos hoteles ofrecen servicio a la habitación. Este hotel ofrece servicio labial”, dijo muy suelto Mercury sobre aquella noche de Halloween que enmarcó el lanzamiento del álbum Jazz (material donde no hay jazz), pero que ante todo materializó la esencia lírica de uno de los singles más aplaudidos, venerados y adorados por la grey de Queen, el de la amable y clarísima solicitud del señor Fahrenheit: jamás, jamás, JAMÁS detenerlo.

La máquina y el combustible duraron doce años hasta que en noviembre de 1991 el SIDA mató al flacucho Freddie. Cinco meses después, un elencazo de astros le rindió un tributo digno de dioses en Wembley, pero nadie interpretó «Don’t Stop Me Now». Acaso alguien creyó que cantar ese voraz estribillo equivalía a revivir al genio solo para recordarle cómo extinguirse otra vez.

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