Fred Astaire y la gema que hizo salir a una mujer con el cabello enjabonado

Elegantísimo e impecable, con el saco cruzado y la flor blanca en la solapa, Fred Astaire, personificando a John «Lucky» Garnett, jala el cachete para hacer que brote ese inigualable pliego en su mejilla izquierda, se acerca, arroja el sombrero negro al sillón y toma asiento con el piano a merced. Sonríe, sabedor de que no necesita desnudar media dentadura, y comienza a recitar: “Some day, when I am awfully low, when the world is cold, I will feel a glow, just thinking of you… and the way you look tonight”.

En la habitación contigua, Ginger Rogers, encarnando a una Penelope Caroll apática y emocionalmente alicaída, queda pasmada, petrificada, con gesto de circunstancia frente al lavabo donde enjuaga sus cabellos de vainilla. Sucede que en la estancia han empezado a flotar los versos romantiquísimos de “The Way You Look Tonight”. Es una de las escenas pivote de Swing Time, la cinta de 1936 dirigida por George Stevens. Tres años antes de sangrar con la peor de las guerras, medio planeta se enamora por culpa del orejón Fred, quien canta con los ojos clavados en un punto fijo y una voz tersa como el celofán. Monumental bailarín, aquí destempla el alma con artimañas distintas, su cántico y su parpadeo, ágil como el revoloteo de los cuervos. Y en menos de dos minutos, logra uno de esos imposibles de la noche: que una mujer escape del baño antes de lo debido, con el champú aún hecho espuma en su pelo y la toalla rodeándole el cuello.

La interpretación de Astaire remata en todo lo alto una obra maestra concebida con la música de Jerome Kern y sazonada con las letras de Dorothy Fields. Enemiga del protagonismo exacerbado, ésta siempre concedió todo el mérito a Kern, el genio neoyorquino de los anteojos, inspiración de George Gershwin y quien que en vida compuso más de setecientas piezas, varias de ellas, según aclaró alguna vez, inspirado en el trino de los pájaros. «La primera vez que Jerry tocó la melodía para mí, tuve que dejar la habitación porque rompí en llanto. La música me aniquiló completamente. No podía parar, era demasiado hermosa», reconoció Dorothy en una entrevista con Max Wilk.

El 4 de marzo de 1937, en el fastuoso Hotel Biltmore de Los Angeles, la composición que enmarca aquella escena imperecedera de Astaire enamorando a Rogers se impregnó de oro al ganar la estatuilla por Mejor Canción Original durante la novena entrega de los Premios de la Academia. El galardón en el que confluyen los picos de la música y el cine tuvo su dosis de sorpresa al dejar en el camino a “I’ve Got You Under My Skin”, la gran favorita, escrita por Cole Porter meses atrás.

Aún en sus últimos años Astaire siguió reconociendo su frustración por no haber cuajado como letrista, pero agradeció haberse rodeado de colosos de la composición como Gershwin, Porter y Kern. «Ellos crearon estas canciones para las películas que yo hacía (…) Me siento honrado por el hecho de que ellos me hayan considerado el intérprete idóneo para sus piezas. Me encanta, me hace muy feliz. A (Frank) Sinatra y a Tony Bennett les agrada lo que hago y ellos sí cantan», dijo el fabuloso Fred en 1976.

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