Un gran cuarto blanco

Además de un megaclásico de Cream que incluso Eric Clapton eligió para comenzar a todo vapor su actuación en el Live Aid de 1985, “White Room” es un espagueti de elogios, anécdotas y créditos entre quienes estuvieron directa o indirectamente involucrados en su concepción.

Surgió primero la música por obra y gracia de Jack Bruce, bajista y vocalista de la revolucionaria tripleta británica. “La inspiración vino de conocer a Jimi Hendrix y de su forma de tocar. De hecho, él apareció en la sesión de grabación en Nueva York y me dijo: ‘Ojalá pudiera escribir algo así’. Yo le respondí: ‘¡Pero viene de ti!’ Es un resumen de cosas y no una secuencia de acordes enteramente original. Es la manera en que colocamos ciertas cosas en el tiempo lo que la hace original”, refirió el instrumentista de vena jazzística en 1997 como parte de una serie de entrevistas llamada Lost Tapes.

Luego llegaron las letras, cortesía de un outsider que comía de la poesía. Pete Brown, buen amigo de Bruce, le acercó a éste una propuesta de ocho páginas que debió mutilarse para embonar en las medidas de una canción de cinco minutos destinada a fungir como apertura del disco doble Wheels of Fire. En 1967 Brown acababa de conseguirse un flat blanquecino que marcó una etapa personal relevante y desintoxicante. “Fue un período de transición y estaba tratando de aceptar varias cosas que sucedían. Es un lugar donde paré, dejé las drogas y el alcohol en ese momento en 1967. La canción era como una peliculita rara: cambiar a menudo las perspectivas y supongo que eso hizo que perdurara, porque tiene un halo misterioso”, explicó Pete al portal Songfacts.

Y para rematar con oro puro… el iracundo solo del entonces no tan barbón Clapton, considerado uno de los mejores aullidos de guitarra de la década y que bien podría ser la prehistoria misma de los grupos grunge de los noventas. Alimentada por el efecto del pedal wah wah, la abrasadora interpretación del desertor de los Yardbirds metía todo en una gran burbuja de distorsiones y psicodelia que contrastaba con su rostro eternamente impasible.

Nada más sesentero que un single que a cada segundo parece aumentar en decibeles sin que nadie manipule o toque botones. Eso es “White Room”, una de las inmensas entregas de Jack Bruce, Eric Clapton y Ginger Baker, sociedad que acaso por las inflamadas vanidades de sus componentes duró dos años. Un arrebato de la naturaleza que sólo ofreció extremos. El ascenso y caída meteóricos de un súpergrupo donde tanta grandeza no cupo, al menos no por mucho tiempo. El estudio de grabación, la vagoneta y el camerino fueron terrenos de batalla y al menos hubo sensatez para aceptar que, técnicamente, ya no se aguantaban ni una mala cara.

El reencuentro de los Cream en 2005, con entradas vendidas en menos de una hora, fue breve pero vitamínico. Los tres Salón de la Fama galoparon juntos por última ocasión en la tarima del Royal Albert Hall y con la estridente magnificencia de temas como “White Room” hicieron que miles de canosos -asistieron Paul McCartney, Jimmy Page, Brian May, Roger Waters- reabrieran el pasado y desenterraran esas bruscas y silvestres ganas de rockear sin medida ni templanza. Celebración y festejo a plena consciencia de que, así como en 1968, esto tampoco duraría.

“Fue un milagro que la canción trascendiera… si consideramos que todo partió de un monólogo mío acerca de mi nuevo flat”, dijo alguna vez Pete Brown, el amigo de Jack encargado de amueblar con poesía un gran cuarto color blanco.

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