La canción que se estrelló en el lago

El 8 de enero de 1968 se lanzó “(Sittin’ On) The Dock of the Bay”, el nuevo sencillo de un hombre que había muerto veintinueve días antes: Otis Redding.

Fue la gloria y la tragedia en tres actos. Convertido en uno de los contadísimos fenómenos capaces de robarle grandes porciones de atención a Elvis Presley, el astro de Georgia grabó el tema el 7 de diciembre de 1967, tres días después su vida se apagó cuando la avioneta bimotor Beechcraft H18 en la que viajaba hacia Wisconsin se desplomó y, en el referido comienzo de año la canción fue publicada envuelta en un luto multitudinario por la súbita pérdida del Rey del Soul. No quedó un minuto para celebrar la magnificencia de aquella nueva composición que el Otis más animoso y entusiasta concibió inspirado en el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles.

El músico de veintiséis años de edad no pudo siquiera saber que su última grabación, con esos frescos olores a bahía y el sonido de gaviotas abofeteando el aire, sería la más relevante de su carrera. Simple, plácida y sin decorados excesivos, “(Sittin’ On) The Dock of the Bay” nació en un día soleado en Sausalito, con brisa refrigerante y aguas azuladas cuyos vaivenes permitían mirar, imaginar y componer canciones indelebles. “Otis solía tener cientos de ideas. Cada que venía a grabar, traía consigo diez o quince introducciones diferentes y títulos”, recordó en 1990 el guitarrista Steve Cropper, coautor del tema y amigo fiel de Redding. “Él había estado en San Francisco recientemente, presentándose en The Fillmore, y se quedaba en un gran bote en Sausalito. Ahí le surgió la idea de una embarcación aproximándose. Eso fue todo. ‘I watch the ships come in and I watch them roll away again…‘ Tomé eso y me encargué de terminar las letras.”

Se dice que la ayuda de Steve no llegó porque Otis le hubiese puesto un gran pase a gol para completar la obra, sino porque al momento de estrellarse en las aguas del lago Monona, el cantante cargaba el pendiente de terminar los versos antes de Navidad. El destino y el mal clima hicieron que lo último que dejara registrado fuera la variante más juguetona del suspiro: un silbidito que sube y baja durante veinticinco segundos. De tan aciago modo el vulgar “No dejes para mañana…” quedó inserto en la mitología del soul norteamericano en aquel funesto diciembre en el cual Redding se fue sin despedirse. Así, todo quedó infelizmente perfilado para que su afable “(Sittin’ On) The Dock of the Bay” se convirtiera en el primer número uno póstumo de un artista.

El agua y sus humores caprichosos. El elemento que sembró en el genio del bigotito la mejor de sus ideas… cortó de tajo la mejor de sus canciones.

I left my home in Georgia, headed for the Frisco Bay, ‘cause I’ve had nothin’ to live for, it look like nothin’s gonna come my way…

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