God Save the Queen y el barquito sobre el Támesis

Sex_pistols_0A pluma azul y con el título de trabajo «No Future», el manuscrito original de «God Save the Queen» luce bastante limpio y ordenado, especialmente si se considera que se trata de uno de los cortes más atómicos de todos los tiempos.

La tapa del sencillo, diseñada por Jamie Reid, es otro cantar. Hoy duerme en paz en las mismas pilas de discos de Barry Manilow o ABBA, pero en esos huracanados meses de 1977 le desató taquicardia a las estatuas. Ojos y boca de la Reina Isabel II tapados con recortes de periódico. El sello Virgin fue a contracorriente, disparó directo al hueso y se la rifó con estos cuatro revoltosos, estampando una imagen inmortal en medio de una Londres en cuyas callejuelas se apilaba la basura.

Ideal para jugar caballazos y marca de agua de los Sex Pistols, este antihimno fue publicado en el primer semestre de 1977 y desgranaba en tres minutos y veinte segundos rabiosos alaridos contra el conservadurismo británico, el establishment y el día a día que mantenía entumida a la clase obrera. Miles inconformes, pero pocos arrojados para levantarle un dedo a Su Majestad. La tacita de té seguía sirviéndose en Buckingham a la misma hora, mientras la Inglaterra callejera se sumía en recesión y los jóvenes empobrecidos se jineteaban la supervivencia cada veinticuatro horas, lejos de ese Dios, tan ocupado en conservar a Isabel con cabal salud, los jardines bien peinados y los ventanales con vista a St. James Park impecables.

«No se crea una canción en contra de la Reina porque odies a los ingleses, sino porque los amas y estás harto de que los maltraten», justificó el rebelde líder del cuarteto punk, John Lydon, aka Johnny Rotten.

«La idea de estar enojado, la indiferencia de la Reina con el pueblo y la lejanía e indiferencia hacia nosotros. Tuve que trabajar en construcciones para pagar mi universidad con tal de tener una educación, y me cobraban impuestos. ¿Por qué tenía que financiar a esta vaca que no se preocupaba una mierda por mí?», alegó en otro momento el cantante, quien más de una vez fue emboscado por leales a la Reina con navajas y cuchillas de afeitar.

Pero la mente maestra, el personaje de las intenciones macabras, era Malcolm McLaren, fashionista manejador del grupo a quien le corrió a toda velocidad el hámster en la rueda para idearse una tocada de los Pistols exactamente el 7 de junio de 1977, a pocos metros del Palacio de Westminster. Había un porqué en esta especie de publicidad barata: ese día se festejaban los veinticinco años de la llegada de Isabel II al trono.

Vivarachos, descarados y dispuestos a dormir junto a barrotes, Steve Jones, Sid Vicious, Paul Cook y Lydon aparecieron trepados en un bote llamado Queen Elizabeth, sobre las aguas del Támesis, listos para descargar metralla del único álbum que lanzaron en sus tres años de carrera: Never Mind the Bollocks – Here’s the Sex Pistols. El madruguete alcanzó para que sonaran «Pretty Vacant», «God Save the Queen», «Anarchy in the U.K.» y «Problems». La policía los cercó y condujo la embarcación a tierra. Ahí, un Malcolm McLaren sonriente como las mañanas del verano, fue detenido. Él y Richard Branson, ejecutivo de Virgin, pasaron la noche en una celda de dos por dos.

A la mañana siguiente, la osadía de los Pistols estaba impresa en los grandes rotativos dedicados a reseñar el Jubileo de Plata de Su Majestad.

Liberado a la hora del almuerzo, McLaren infló el pecho durante varias semanas sin que nadie pudiera bajarle los ánimos. Orgulloso, miró la escalada de «God Save the Queen» en medio de la censura generalizada hasta que el single paró en seco en el segundo peldaño del chart británico. Justo en el momento de la verdad, «I Don’t Want to Talk About It», la versión de Rod Stewart, resistió el asalto, un hecho que McLaren calificó de fraude, alegando tener elementos para probar que la joya del grupo había vendido más del doble de unidades que el cover sentimentaloide de Stewart.

El número uno jamás llegó, pero Lydon supo que el palo estaba dado. La víscera punk se había reventado, salpicando de sangre a los ayuntamientos británicos. «Si hubiesen querido colgarnos en Traitors’ Gate (El portal de los traidores), hubiese sido aplaudido por cincuenta y seis millones de personas. Le declaramos la guerra a Inglaterra sin querer”, dijo Johnny años después a The Telegraph.

Una orquesta de músicos clásicos tocó sin parar mientras el RMS Titanic se sumergía en el agua helada del Atlántico. Sesenta y cinco años después, otro combo de músicos hizo exactamente lo mismo, mientras media Inglaterra with no future se hundía en la miseria.

«God save the queen, the fascist regime, they made you a moron, potential H-bomb, God save the queen, she ain’t no human being, there is no future…«

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