The KLF fue uno de los proyectos más revolucionarios (y breves) de finales de los 80 e inicios de los 90. Muchos melómanos los recordarán más por asociación de sonidos de la época que por identificación de rostros o remembranzas de bailes de sus protagonistas. Para la inmensa mayoría… fueron seres simplemente anónimos.
Todo surgió de la imaginación de dos locos como Bill Drummond y Jimmy Cauty, quienes se conocían de largo tiempo atrás y pretendían infiltrar la música de baile en las listas pop usando los lenguajes del hip hop, el house y el ambient.
Su obra más grande fue The White Room, un álbum que en de inicio se visualizó como soundtrack y del cual se desprenderían joyas del género como «3 a.m. Eternal», «What Time Is Love?» y «Last Train To Trancentral». Los tres temas habrían de cosechar grandes elogios en Reino Unido y generarían una gran cantidad de adeptos del proyecto cuya traducción no oficial de Kopyright Liberation Front jamás fue desmentida por sus protagonistas. Había que romper cánones, vivir del misterio y crear atmósferas que estiraran la liga de ritmos desde el ambient hasta el trance.
«3 a.m. Eternal» fue el punto máximo de ese plan. Era un Frankenstein armado con piezas ajenas. El coro que lo eleva como una plegaria provenía de grabaciones de gospel estadounidense, arrancadas de su contexto religioso y lanzadas a la pista de baile. La guitarra citaba deliberadamente el estilo de The Edge de U2, ese arpegio suspendido que convierte una canción en hit de estadio. Y todo arrancaba con la voz de un predicador de radio pirata —“This is Radio Freedom”— reciclado como si anunciara una nueva religión. The KLF no escribieron una canción: piratearon una misa y la transformaron en rave planetario.
Una de sus anécdotas más recordadas se dio cuando fueron invitados a los Brit Awards en 1992. Ahí, condimentaron «3 a.m. Eternal» con sonidos guturales y la intención de conmocionar a la audiencia, siempre considerada conservadora en estos premios.
En algún punto de la presentación, Drummond tomó una ametralladora y disparó balas falsas contra los asistentes. El propósito de «matar» a la industria musical había sido cumplido frente a millones de televidentes. Y para dar el cerrojazo de oro, el propio Bill condimentó la osadía al anunciar que los integrantes de The KLF abandonaban el negocio. Ironía pura. Esa misma noche el grupo ganó el premio a Mejor Banda Británica, cuya estatuilla sería encontrada tiempo después por un granjero en una parcela cercana a Stonehenge.
Una de las últimas «fechorías» de estos excéntricos músicos fue retirar todo su catálogo comercial para cumplir con la misión de alejarse de la industria. El juego había terminado, uno que ellos mismos decidieron iniciar… a su modo.
Transgresores, visionarios, rebeldes. Por eso no extrañó que el colofón de una carrera de cinco años fuese la quema de un millón de libras esterlinas derivado de las regalías que habían generado los dos nenes de The KLF. Ocurrencia de Jimmy que a Bill le pareció fabulosa. Así pues, llamaron a un periodista y a un camarógrafo y, en presencia de ambos, armaron el incendio, el ritual del absurdo, en el que un millón de libras se fueron directo al infierno.
Opina en Radiolaria