
Poco después de cumplirse el tercer minuto de “This Was My Life”, algo ocurre: se derrama un riff en cascada, lento y pesado.
Quien lo conoce entre los recovecos de los ejércitos del metal percibe un aroma viejo, uno que no pertenece a este disco ni a esta banda.
El riff vivió durante casi una década en “Phantom Lord”. Lo compuso Dave Mustaine cuando era un crío para la placa de presentación de Metallica, Kill ‘Em All, poco antes de que lo echaran del grupo en 1983 tras cruzar el país en furgoneta y llegar a Nueva York en autobús. Lars Ulrich y James Hetfield lo despertaron bruscamente y le dijeron que estaba despedido y que debía marcharse en una hora. No le dieron dinero. Tampoco posibilidad de objetar.
Aquel Metallica primitivo grabó la toma definitiva de “Phantom Lord” con Kirk Hammett en la guitarra y lo tocó en vivo un centenar de veces. Nueve años después, un resentido Mustaine lo tomó de regreso, sin aviso ni explicación, y lo puso a rematar un tema sobre destino, muerte y decisiones que ya no tienen vuelta atrás.
“Hay ciertos riffs que escuchas y simplemente sabes quién es el creador”, lanzó el afilado Dave en una charla con Rolling Stone en 2017.
En el outro de “This Was My Life”, ese sonido suyo que por años quedó atrapado en un catálogo que ya no le pertenecía, volvió a casa.
El contexto importa. Countdown to Extinction fue el primer álbum que Megadeth grabó completamente en sobriedad. “Cuando grabamos Killing Is My Business”, le confesó Mustaine a Guitar School en 1993, “estaba atrapado en la hierba, en cocaína y heroína. Nuestro nuevo álbum, Countdown to Extinction, es yo en estado puro, sobrio como una piedra”.
El disco que contiene “This Was My Life” se grabó entre enero y abril de 1992 en los estudios The Enterprise de Burbank, mientras Los Ángeles estaba a punto de incendiarse con los disturbios del caso Rodney King. Llegó al número dos del Billboard 200, obtuvo doble platino y convirtió a Megadeth en un cuarteto capaz de llenar arenas y grandes anfiteatros si bien el pelirrojo jamás dejó de observar de reojo la escalada de popularidad de sus “ex”. “Creo que (el álbum) es oportuno y atemporal al mismo tiempo, y creo que eso es una de las cosas más difíciles de lograr para un músico”.
En esa placa de puertas abiertas, “This Was my Life” es la habitación cerrada con llave. Los créditos de composición son exclusivamente de Mustaine. Sin Dave Ellefson, sin Nick Menza, sin Marty Friedman. Una isla.
La letra instala un escenario de violencia contenida, una relación hecha pedazos, un narrador que contempla matar a su pareja y que hay una silla eléctrica esperándolo en algún lugar. Pero lo verdaderamente extraordinario vive en el desenlace del track, con versos canguro cargando algo en cada uno: “In our life there’s ‘if’. In our beliefs there’s ‘lie’. In our business there’s ‘sin’. In our bodies there’s ‘die’…”
El idioma mismo, leído con cuidado, muestra sus colmillos. La duda invade la vida, la mentira carcome las más hondas creencias, el pecado corrompe el día a día y la muerte ya está en el cuerpo desde el primer día, agazapada, aguardando.
En un álbum erosionado por las jugarretas políticas, la economía, la caza ilegal y la guerra, ese colofón de cuatro líneas es el momento más oscuro y brillante de todo el recorrido. Y pertenece a la canción que menos atención ha recibido en más de treinta años.
La historia termina donde empieza: con ese riff que desciende una última vez antes de que todo se apague. El que Mustaine escribió siendo el avorazado guitarrista de otra banda con la cual soñaba conquistar el planeta. El riff que esa banda de California grabó e hizo suyo durante una década hasta que Dave lo reclamó sin estridencias ni golpeteos públicos a través de “This Was My Life”, un título que, acaso, regresa en el tiempo hasta esas semanas de 1983.
Si hay una intención en esa decisión, el volcánico Mustaine nunca la ha manifestado en voz alta. Tal vez no hace falta. Bien lo grita en otro verso: “This is the part of me that hates…”
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