
Alguna vez… un sinnúmero de violines confiscados por los oficiales nazis lloraron afuera de los crematorios y cámaras de gas. Estuvieron ahí, recargados en la historia, inmóviles, viviendo inertes mientras los vivos morían.
Aquellos chillidos que brotaron no de la magia de un virtuoso, sino de instrumentos que acompañaban la caminata final de los judíos rapados y sentenciados con miradas cenizas, atravesaron el tiempo, rebasaron las décadas y se negaron a quedar sepultados en el olvido. Y recalaron en la fría Montreal, donde un poeta les recogió, les acogió y decidió convertirlos en una danza cadenciosa y semilenta titulada “Dance Me to the End of Love”.
Y así cantó Leonard Cohen en 1984, honrando a los miles que fueron trasladados al abismo con cuerpos huesudos y almas batidas por la barbarie en el final, en las últimas de la vida.
Ya con la voz rocosa de sus sesentas, ese mismo poeta rememoró en 1995 la grandiosa y lacerante composición con el que comenzaba su disco Various Positions: “En los campos de la muerte, justo al lado de los crematorios, en algunos de esos campos… un cuarteto de cuerdas era forzado por los guardias para tocar mientras estos horrores sucedían. Y tocaban música clásica mientras sus compañeros de prisión eran quemados y asesinados. Entonces, la frase ‘Dance me to your beauty with a burning violin…’ significa la belleza allí, en la consumación de la vida, en el final de esta existencia y en el elemento apasionado en esa consumación. A la vez, es también el lenguaje que usamos para rendirnos al ser amado”.
Cohen era judío sefardí de Montreal, nieto de rabinos lituanos que cruzaron el Atlántico con sus libros sagrados y la memoria de los suyos cosida a la piel. Acumulaba años mirando el Holocausto de reojo, sin nombrarlo directamente, sin la grandilocuencia del memorial, con la misma elegancia oblicua con que los mejores poetas rozan lo inmenso sin aplastarlo. Sin desmesura. “Dance Me to the End of Love” fue la primera vez que lo nombró, y lo hizo disfrazado de canción de amor para que el mundo pudiera recibirlo sin que las almas se quebraran.
Sin embargo, el canadiense sabía algo que no dijo en esa entrevista de agosto de 1995 en la CBC — o sí lo dijo, más tarde, en voz baja: “No es importante que se sepa la génesis de esto, porque si el lenguaje viene de ese recurso apasionado, podrá abrazar toda actividad apasionada.”
El lenguaje del horror y el lenguaje del amor son, en el fondo, el mismo lenguaje. Los dos piden entrega total. Los dos llevan al mismo borde. De ahí partía el cantautor en aquella pieza grabada con un Casio de plástico comprado en una tienda de souvenirs de Broadway. Porque siempre alegó que la enormidad no requiere ornamentos.
Hay instrumentos confiscados en los campos que sobrevivieron a sus dueños, circularon por Europa durante décadas y hoy se tocan en conciertos en todo el mundo. El artesano israelí Amnon Weinstein dedicó su vida a restaurarlos desde 1996. Uno fue lanzado desde un tren camino a Auschwitz. El hombre que lo arrojó gritó a los trabajadores ferroviarios: “En el lugar adonde voy ahora no necesito un violín. Tomen mi violín para que viva”. Otro estuvo enterrado bajo la nieve en Holanda durante años. Cuando Weinstein abrió uno de ellos, el que había pertenecido a un músico de la Orquesta de Hombres de Auschwitz, encontró cenizas en su interior.
La madera retiene la memoria de las cuerdas que observaron todo rumbo a los hornos crematorios, eso que la historia ha buscado evaporar. Cohen lo supo justo antes de volverse viejo. Por eso los recogió desde Montreal y los convirtió en una danza tan horrorosa como majestuosa.
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