La historia detrás de las más grandes canciones

De Exodus para Metallica

Y cada que se eleve sobre miles de cabezas el momento cúspide de “Creeping Death” en uno de esos multitudinarios recitales de Metallica, habrá alguien a la distancia que siempre les reclame haber concebido el germen de la apoteosis y no recibir el mínimo crédito por ello en más de cuatro décadas.

“Recuerdo haber llamado a Kirk (Hammett, guitarrista de Metallica) y transmitirle una considerable cantidad de reclamos. Él me respondió: ‘Oh, pensé que te había preguntado si estaba bien’. Yo le dije: ‘No, jamás lo hiciste’”, recordó el guitarrista de la banda Exodus, Gary Holt. “Así que he tenido el placer, y utilizo el término del modo más amplio posible, de ver a sesenta mil personas cantar ese fragmento donde se escucha ‘Die by my hand!’ en los espectáculos de Metallica sin haber recibido nunca un centavo por ello”.

La queja de Holt está dirigida a Hammett porque fue este último quien abandonó el campamento Exodus apenas fue invitado a las filas de Metallica a raíz de la intempestiva expulsión de Dave Mustaine.

La llamada llegó el 1 de abril de 1983, el Día de los Inocentes en el calendario estadounidense. Hammett estaba cómodamente relajado en el baño cuando el manager de Exodus y a la vez sonidista de Metallica, Mark Whittaker, lo contactó por teléfono para ofrecerle el puesto que Mustaine acababa de perder. “Pensé que era una broma. ¿Podía ser una broma de ese día justamente?” Unos días después llegó a sus manos una cinta que confirmaba que no lo era.

Cuando Hammett le contó a sus compañeros de Exodus lo sucedido, el celo salió a bailotear en el aire y el vocalista Paul Baloff le vació una cerveza en la cabeza. Kirk simplemente dejó que el líquido y la espuma surcaran su rostro sin el menor atisbo de enojo. Fue la firma con olor a lúpulo con la que signó el gran brinco de su carrera como guitarrista.

Lo que Hammett no anticipó fue que Lars Ulrich y James Hetfield ya habían parando oreja alrededor del material que había dejado. Whittaker les había facilitado los demos de Exodus cuando estaban considerando reclutar a Kirk. Y ahí, entre las cintas, se toparon con “Die By His Hand”.

“James y Lars armaron ‘Creeping Death’ en un día y después me llamaron al lugar de ensayo”, recordó Hammett. “Llegaron al riff de ‘Die By His Hand’ y empezaron a sonreírme. Yo también me reí porque había tenido ese riff dando vueltas en mi cabeza durante mucho tiempo, pero admito que funcionaba muy bien en ‘Creeping Death’”.

La variación de la letra llegó sin autorización alguna. El original de Holt decía “dying by his hand”. James Hetfield lo convirtió en “die by my hand” — primera persona, imperativo, más amenazante. Una sola palabra de diferencia entre la autoría y el anonimato.

La canción que terminaría instalada en la lista de cortes del álbum de 1984, Ride the Lightning, brotó de otra fuente improbable. Ulrich estaba obsesionado con Los Diez Mandamientos — la épica bíblica de Cecil B. DeMille de 1956 con Charlton Heston haciéndola de Moisés. El bataco la veía repetidamente en casa de Cliff Burton, cuyos padres tenían un reproducir de VHS. De la escena de la última plaga de Egipto emanó la lírica. Un danés viendo un filme de Hollywood sobre el Antiguo Testamento en la sala de estar de un bajista californiano: así empezó la canción más coreada del thrash metal.

Holt vuelve de cuando en cuando a escurrir su resignación en las entrevistas en que algún periodista le hace cosquillas en el orgullo: “Es el riff de Kirk, pero es mi letra. El riff era suyo, era más que bienvenido a quedárselo. Pero yo no tenía ninguna propiedad sobre nada. Les mandaré mis datos bancarios. Será un cheque gordo”.

En algún lugar entre la multitud, cada vez que las gargantas gritan “Die!” al unísono como el gran ritual de “Creeping Death”, el riff de Kirk Hammett y la letra de Gary Holt se funden en una sola cosa que le pertenece a todos menos a uno.

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