La historia detrás de las más grandes canciones

Terry Burns y David Bowie

En aquella entrevista Patrick Salvo preguntó a David Bowie si su hermano mayor había estado en el hospital. El astro contestó: “Sí, de hecho, acabo de llamar a mi esposa y parece que Terry ahora se está quedando con nosotros. Ella no me lo dijo por teléfono porque él estaba muy cerca, en la habitación. No tengo claro si se fugó o qué pasó. Apenas tiene veintiocho años. Debo admitir que hay una tendencia esquizoide en la familia de todos modos, así que me atrevo a decir que eso me afecta. La mayoría de las personas de mi familia han estado en algún tipo de institución mental. Acaban de cambiar a mi hermano a una institución nueva, Cane Hill, un lugar que realmente le gustó. Estaría feliz de pasar el resto de su vida allí porque la mayoría de la gente está en la misma dinámica que él”.

Terry Burns era su medio hermano. Y mucho antes de esa charla con Salvo, Bowie ya sabía de qué hablaba su interlocutor.

En febrero de 1967 los dos caminaban hacia un concierto de Cream en el Bromley Court Hotel en Londres cuando Terry se desplomó en la calle y gritó que veía llamas saliendo de las grietas del pavimento. Bowie lo sostuvo en el suelo sin saber qué hacer.

“Salimos a la calle y se derrumbó. Dijo que el suelo se abría y que salían llamas del pavimento. Casi podía verlo yo también, porque lo describía con total precisión”, recordó David.

Tenía veinte años y desde ese momento supo que la locura en su familia, más que una metáfora, parecía ser el destino concreto de la gente que amaba. Una tía muerta en una institución, otra lobotomizada y una tercera con episodios esquizofrénicos. Y Terry, que sería diagnosticado con esquizofrenia paranoide y terminaría internado en Cane Hill, un hospital psiquiátrico victoriano en Croydon. Bowie creía que tenía probabilidades muy altas de enloquecer él mismo.

Y decidió componer “All the Madmen” en 1970 para The Man Who Sold the World, la placa cuya edición americana llevaba en la portada un dibujo de Cane Hill, el hospital donde estaba Terry. El manicomio de su hermano era literalmente la imagen del disco.

En 1985, doce años después de aquella entrevista en la que Bowie estaba a punto de publicar su espléndido Aladdin Sane, Terry escapó de Cane Hill, caminó hasta la estación de Coulsdon South y se tendió en las vías del tren a la espera de que el expreso de Londres le cercenara el cuello. Ya lo había intentado en el mismo lugar semanas antes, pero lo apartaron de las vías justo a tiempo. Esta vez nadie llegó a cambiar el destino.

Bowie decidió no ir al funeral. Un cesto de flores llegó a su nombre con una nota que rescataba ideas del guion de la cinta de 1982, Blade Runner: “Has visto más cosas de las que podíamos imaginar, pero todos estos momentos se perderán, como lágrimas arrastradas por la lluvia. Dios te bendiga. David”.

En 1993 publicó “Jump They Say”, otra canción sobre Terry. La tía de Bowie reaccionó públicamente: “Ahora está utilizando la trágica muerte de Terry para poner su disco en las listas. Me parece no solo macabro sino patético”.

El trauma no tenía fecha de vencimiento. Tampoco la culpa.

And I’d rather play here with all the madmen, for I’m quite content, they’re all as sane as me…

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