La historia detrás de las más grandes canciones

Canned Heat y aquella muerte

“Fried Hockey Boogie” cumple trece años y los Canned Heat la siguen estirando en vivo hasta los cuarenta minutos. Fue el primero de sus boogies, esas jams que podían despegar en cualquier momento y volar sin destino fijo durante el tiempo necesario.

El riff viene de “Boogie Chillen”, de John Lee Hooker, ese que después tomarían ZZ Top para “La Grange” y Norman Greenbaum para “Spirit in the Sky”.

Es 4 de abril de 1981. La banda estadounidense ha terminado su primer set en el Palomino Club de North Hollywood y sus miembros están en fase de relajación y descanso, a expensas de las mil formas de aprovechar un receso.

Ya no son los años de bonanza, pero el retiro no está a la vista. Desde la muerte en septiembre de 1970 de Alan Wilson, quien ha tomado la batuta del grupo es el vocalista Bob Hite, mejor conocido como “El Oso”.

El californiano de coleta y barba de filisteo excede los ciento treinta kilos de peso, esparce sonrisas, trae buen semblante y una que otra sustancia cosquilleándole las entrañas. En su casa guarda más de quince mil discos de 78 rpm. O guardaba: un terremoto inundó su hogar y sus amados vinilos terminaron flotando calle abajo. Lo que el blues da, el suelo se lleva.

Antes de subir al escenario, él y su esposa Susan ya se han inyectado un gramo de cocaína cada uno. De pronto, un individuo de origen israelí se le acerca, le muestra un frasco y le ofrece “un poco de novedad”. El baterista de la banda, Adolfo “Fito” de la Parra, reconoce al dealer y advierte a su amigo: “Ten cuidado, hermano, sus mierdas son fuertes”. Hite sonríe y responde: “Esta cosa ni siquiera me elevará”, para después inhalar no un poco, sino todo lo que le ha sido ofrecido.

Pasan pocos minutos. La enorme humanidad del músico se desploma y su piel empieza a adquirir una coloración azul. Un testigo intenta reanimarlo con dos líneas de cocaína, pero el esfuerzo es infructuoso.

Es momento de salir a tocar el segundo set y el resto de Canned Heat deja a su comatoso cantante en el suelo del camerino, apoyados en la convicción de que esta película ya la han visto. Nadie se percata de que, esta vez, el corazón de Bob se ha detenido. El manager Ray Chambers sale a buscar al culpable, pero el traficante se ha internado desde hace rato en las colinas de Hollywood.

“Él había colapsado muchas veces, así que solíamos dejarlo sin preocuparnos demasiado. ¿Quién puede cargar a un hombre de semejante peso? De cualquier forma, él siempre despertaba a la mañana siguiente”, explicaría De la Parra años después.

Esta vez, en la madrugada del 5 de abril, mientras Canned Heat concluye su presentación con una apoteósica interpretación de cuarenta minutos de “Fried Hockey Boogie”, Hite se ha ido para siempre, sin haber podido preguntar, como tantas veces previas, qué diablos tuvo el poder de noquearlo.

En pocas semanas el forense certifica una intoxicación combinada de cocaína y heroína. Eso fue lo que pudo derribarlo. Y no dejarlo levantarse.

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