
La nostalgia vuela hasta febrero de 1997, cuando los Bran Van 3000 publicaron “Drinking in L.A.”
Aquella banda era de culto. El propio nombre era una broma: venía de la Brännvin, el aguardiente sueco, y del autobús Volkswagen color marrón topo Bergen usaba a mediados de los años 90 para trasladar artistas por Canadá.
La gran joya del colectivo canadiense fue descrita así por su fundador James Di Salvio, un capo que pretendía ser cineasta antes que DJ: “Es acerca de mí en Los Ángeles tratando de hacer una película, aburriéndome de lo lindo y saliendo a los clubes y eventualmente dando el brinco para hacer un disco. Es como ir enamorándome de algo y luego de algo más. Cuando te impones metas en la vida estás obligado a actuar conforme a tu ego, estás con el deber de cumplir tanto a cierta edad que de pronto quieres más”.
James dirigía videoclips que llamaban la atención de Propaganda Films, el estudio donde entonces trabajaban David Fincher, Mark Romanek y Spike Jonze. Pero Los Ángeles lo mantenía preso de otro modo. Las noches de juerga, el alcohol, el fastidio de quien está en el sitio correcto por las razones erróneas. Una noche despertó boca abajo en el césped de una mansión de West Hollywood y pasó casi cinco horas tirado al sol, sin que nadie lo molestara excepto los bichos que patrullan la hierba. Abrió los ojos y lo primero que pensó fue: “¿Qué demonios estoy haciendo, bebiendo en L.A. a los veintiséis años?” De esa imagen brotó Drinking in L.A.”
La voz femenina que abre el sencillo y canta el estribillo tiene historia. Stéphane Moraille era cantante de medio tiempo, daba clases de aeróbicos y estudiaba leyes. Era noche de invierno, cerca de cuarenta grados bajo cero en Montreal, cuando Di Salvio apareció, le mostró la letra escrita a mano y le puso la pista que, eventualmente, cuando quedó terminada, Music Week describió como “un tema relajado y funky que combina las voces de una diva del soul con la pereza vocal de Di Salvio, cercana a la de Beck”.
El propio James lo vio venir: “Era casi como una de esas películas donde un pájaro azul animado sobrevuela imágenes de acción real. Es cursi, pero en el fondo sabía que era un hit”.
Lo que sucedió después roza lo inverosímil. El músico envió el demo a Canadian Music Week como una broma. Ganó. Después llegó la descalificación: no existía banda que pudiera interpretar el corte en directo, así que tuvo que ensamblar con urgencia un grupo de diez integrantes. Y Moraille, la voz sin la que el tema no existiría, fue borrada.
La discográfica presionó para regrabar el estribillo con una cantante que sonara “más blanca”. Alguien del sello la citó en privado para decirle que su exclusión había sido “una decisión de negocios”. “Jamás olvidaré el día que descubrí qué significaba ‘urban’. Un par de personas dijeron ‘la cantante suena un poco urban’. Pregunté ‘¿qué significa eso?’ Y cuando insistí, la respuesta fue: ‘Es negra. Significa negra’”.
El álbum Glee fue premiado con un Juno en marzo de 1998 y Di Salvio pasó de amanecer ebrio en el pasto de West Hollywood a abrirse paso entre los hombros de Billy Corgan, Mike D, Marilyn Manson y Anthony Kiedis en los galardones MTV.
En 2022, para el vigésimo quinto aniversario de Glee, Moraille volvió al escenario tras arreglarse con Di Salvio: “Es como si nunca nos hubiéramos ido. La magia era la misma, e incluso mejor porque ya no padecíamos esa corriente subterránea de malentendidos”.
Los brincos del destino. Hoy día, Stéphane es abogada especialista en derecho de propiedad intelectual en Montreal. La mujer a quien intentaron borrar de un contrato discográfico terminó siendo la persona que redacta esos documentos.
James Di Salvio, en tanto, es abordado a corta o larga distancia por fans que aún chupan el néctar de aquel gran hit de la nostalgia y las correrías juveniles que no volverán: “Todavía hoy recibimos mensajes escritos de gente en todo el mundo que alguna vez se embriagó. Supongo que todos nos hemos despertado alguna vez y hemos pensado: ‘¿Cómo diablos llegué aquí?’”
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