
“Brasil era sucio y gris: crimen, drogas, trabajos en fábricas”.
El recuerdo de Max Cavalera aterrizaba en el Belo Horizonte de mediados de los años ochenta, una ciudad donde los barrios trepaban las laderas y cientos de candiles amarillentos iluminaban avenidas largas y ásperas. Ese era el paisaje a ras de calle en el que se movían los integrantes de Sepultura, todavía lejos de cualquier mapa global, completamente inmersos en una escena que se construía paso a paso.
El entorno les ponía ojos encima y ellos al entorno.
Cabellos largos, botas gastadas, chamarras intervenidas, una estética discursiva. Vagabundos para algunos y portadores de una energía atronadora para quienes entendían que algo estaba formándose. En ese momento, el thrash ponía al servicio del rock duro una variante mordelona y vertiginosa de traducir las tensiones, con fiereza y no menos precisión, una vorágine que arrasaba con todo. Desde Belo Horizonte, ese lenguaje empezaba a dialogar con la efervescencia de otras ciudades en Estados Unidos y Europa, aunque con una aspereza propia.
Hubo una ocasión distinta a las demás y a la vez no. Las luces de una patrulla tijeretearon la oscuridad, a lo que siguió la irrupción de efectivos uniformados donde estaban los cuatro de Sepultura.
“Una vez caminábamos por la noche cuando la policía nos detuvo súbitamente por no cargar identificación”, reveló Max Cavalera, hurgando en la ocasión en que fueron alineados con las mejillas contra una pared para responder por su carencia de documentos y su aspecto físico.
Cuatro jóvenes detenidos en la calle, medidos desde afuera, afirmándose desde dentro. Un episodio que alimentó el circuito vivo de la comunidad metalera en Belo Horizonte, una detención arbitraria que llegó a oídos de Vladimir Korg, vocalista de Chakal, quien tomó la vivencia como motivo y la convirtió en la letra “To the Wall”, una canción imposible de evadir que terminó en el listado de temas de Schizophrenia.
Aquella placa de 1987 fue la bienvenida oficial de Andreas Kisser como guitarrista de la banda, en sustitución de Jairo Guedz, cuya salida respondió a una ruptura de fondo. Sepultura pretendía un sonido más técnico, preciso y ambicioso, en contraste con la crudeza primitiva que Guedz imprimió en los primeros años. Los hermanos Cavalera encontraron en Kisser un baluarte para llevar su lenguaje a otro nivel sin perder ferocidad.
Sirenas ondulantes, cuatro flacos contra el muro, manos arriba, respiraciones forzadas y un riff con una marcha apretada y seca. Belo Horizonte encima, ojos tensos, reclamos contenidos. Y candiles amarillos sobre ellos.
En esos surcos quedó fija la forma de tocar de un cuarteto que arremetía y ya no soltaba, una disciplina nueva en las guitarras, una violencia fina. Schizophrenia empezó a traficarse de mano en mano y de fanzine en fanzine, y el nombre de la cuadrilla brasileña dejó de ser promesa. Justo ahí… nació el verdadero Sepultura.
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