
Podría decirse que Henry Garfield tenía uno de los trabajos más apacibles: Gerente de una heladería en Georgetown, Washington D.C.
En 1980 el EP Nervous Breakdown de Black Flag llegó a sus manos. Cuatro canciones vertiginosas de una banda de chicuelos que nadie había visto, pero que circulaba en fanzines y fotocopias de flyers que llegaban desde el otro lado del país.
Cuatro piezas abanderadas por la canción que daba título al material, concebida por el guitarrista Greg Ginn a partir de sus ideas sobre la alienación y un colapso mental. Fue interpretada por Keith Morris, quien se había unido a la banda para tocar la batería, pero Ginn lo convenció de colocarse tras el micrófono. La voz que definiría el hardcore norteamericano era la de un bataco reconvertido.
Morris dejó la banda poco después, principalmente por su adicción a la cocaína, y el hueco tardó dos años en llenarse.
En la tapa blanquiazul del Nervous Breakdown se veía un hombre con la espalda contra la pared apretando los puños. Frente a él otro hombre defendiéndose con una silla. Ginn diría que en aquel tiempo se sentía justamente como el tipo de los puños tensos.
Henry Garfield pegó varias fotocopias de los flyers de Black Flag en su cuarto hasta empapelar por completo una de las paredes de la estancia. A la vez, empezó a escribirle cartas al bajista Chuck Dukowski.
Cuando el grupo originario de Hermosa Beach cacareó que se presentaría en el 9:30 Club de D.C., Garfield llamó al sello y les ofreció su casa para quedarse, propuesta que la banda aceptó. El hospedaje incluyó dormitar en el piso, intercambiar números telefónicos e iniciar una buena amistad.
Un año después, Black Flag agendó una tocada en Nueva York y Garfield no desaprovechó la ocasión. Condujo desde D.C. en su Volkswagen destartalado apenas supo que en un set improvisado la cuadrilla de hardcore punk permitiría a los espontáneos subir al entarimado. Ya en el recital, Garfield se acercó al micrófono y pidió que tocaran “Clocked In”. Y luego preguntó: “¿Puedo cantar?” La banda accedió.
El gen esos tres minutos convenció a Dez Cadena, el cantante, de que podía hacer lo que realmente quería: pasarse a la guitarra. Garfield cantó, bajó del escenario, encendió su Volkswagen y manejó de regreso a D.C. para abrir la heladería al día siguiente muy temprano.
En menos de setenta y dos horas, sonó el teléfono del negocio de los congeladores en Georgetown y Henry atendió: “Miré el sacabolas de helado en mi mano, mi delantal manchado de chocolate y mi futuro en el mundo del trabajo de salario mínimo. De pronto, podía ir a Nueva York y hacer la audición para esta banda loca que era mi favorita”.
La ira y la rabia que cargaba desde siempre tenían un lugar posible. Tomó un tren. Entró a una sala de ensayo en el East Village. “Estaba parado ahí con la banda con un micrófono en la mano y me dijeron: ‘Elige la canción.’ Y canté todas las que tenían”. Pasaron el set completo dos veces. La banda se retiró a deliberar diez minutos. Volvieron y dijeron: ”¿Entonces quieres unirte a la banda o qué?”
Henry renunció a la heladería, abandonó su apartamento, vendió sus pertenencias y compró un boleto a Detroit para unirse a la gira. Adoptó el apellido falso que él y su amigo Ian MacKaye habían usado de adolescentes y ese mismo día pronunció en voz alta: “Henry Rollins”.
Su primer show con Black Flag fue el 25 de julio de 1981 y pronto estableció su ritual antes de cada concierto de caminar por el escenario en shorts apretando una bola de billar para concentrarse. “Solo meses antes estaba trabajando detrás del mostrador en un trabajo normal y ahora estaba de gira con la banda más peligrosa del país”.
El negocio de helados en Georgetown sigue abierto. Acaso casi ningún cliente sabe lo que pasó detrás de ese mostrador.
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