
Trent Reznor grabó una canción de David Bowie sin saberlo.
En 1994 terminó “A Warm Place”, el único pasaje acuoso dentro de un álbum de devastación. Tres minutos de notas flotantes en medio de un océano de caos y desazón titulado The Downward Spiral, grabado en la casa de Beverly Hills donde la familia Manson asesinó a Sharon Tate en 1969.
Sin embargo, al escuchar su propia creación, algo inquietó a Reznor. La melodía le pareció demasiado familiar. Siguió el rastro de su propia memoria musical y se acercó a una tienda de discos para hurgar entre placas, empecinado en dar con la respuesta. Ahí, compró una reedición de Scary Monsters, volvió a casa y oyó “Crystal Japan”, un instrumental que David Bowie había grabado en Tokio en 1980. Y quedó petrificado.
Del aparato salió una melodía casi idéntica. La había compuesto sin saberlo, edificando algo que se escurría por debajo de la consciencia, disfrazado de inspiración. Reznor sintió culpa, aunque no vergüenza. Su faro en el mar no había sido la copia por la copia, sino un trozo grande de admiración que terminó siendo “A Warm Place”.
Pocos conocían los pantanos emocionales del capitán de Nine Inch Nails. “The Downward Spiral era sobre mí, una proyección de mí mismo, un personaje que destruye sistemáticamente todo en su vida en busca de algún tipo de respuesta”, explicó el otrora niño de Mercer, Pensilvania. “No me siento orgulloso de decir que me odio a mí mismo y no me gusta lo que soy”, ahondó ante el USA Today.
Su abuela, la mujer que lo había criado, moriría pocos después, cuando el éxito ya lo había devorado. Pero en 1994 la fama irrumpió sola y Reznor no supo cargarla. El alcohol fue el falso ayudante, poco después la cocaína llegó para “auxiliarlo”. Un histrión atolondrado y contra las cuerdas llenaba anfiteatros mientras se desmoronaba por dentro. “Esa espiral descendente reflejaba un pozo sin fondo de rabia y odio hacia mí mismo. Pensé que podía atravesarlo poniendo todo en mi música, parándome frente al público y gritándoles mis emociones desde las entrañas. Pero después de un tiempo dejó de sostenerse, y otras cosas tomaron el control”.
Bowie sabía que “A Warm Place” era su melodía. Y sabía también que Reznor estaba hundiéndose poco a poco. No reclamó nada ni se planteó demanda alguna. Por el contrario, lo llamó en 1995 para hacerle una oferta. “Es raro. No es lo que la gente quiere, pero es lo que necesito hacer. Y la única banda con la que me gustaría estar en el escenario es la tuya”.
El estadounidense había sembrado notas de admiración en cada entrevista esperando que llegaran a Bowie. Todas llegaron. El problema era que a mediados de los años 90 Nine Inch Nails convocaba más público que Bowie y Reznor no podía tolerar que su ídolo abriera para él. Así que acordaron subir juntos al escenario, tocar cinco canciones compartidas y dejar que el show mutara hacia Bowie. “Él estuvo completamente a favor. Se convirtió en algo más que dos bandas de gira”.
Durante esos meses Bowie observó a su amigo en la espiral descendente. Era un capo que había escapado de las ramas huesudas de la adicción y reconoció en Reznor lo que alguna vez fue él. Más que un histrión de la redención, fue un mentor, un samaritano que supo cuándo hablar y cuándo callar.
Años después, Trent viajó a Los Ángeles para agradecerle. “Fui recibido con calidez y amor. Empecé a decirle: ‘Oye, llevo limpio desde…’ Ni siquiera creo que terminé la frase. Me dio un gran abrazo y dijo: ‘Lo sabía. Sabía que lo harías y que saldrías adelante’”.
“Crystal Japan” y “A Warm Place” suenan casi igual. Una grabada en Tokio en 1980, la otra en Los Ángeles en 1994. Catorce años y una misma melodía flotando en la mente acuosa de dos genios alguna vez esclavizados a los excesos, sin que ninguno pudiera explicar cómo llegó ahí. Si David se la dejó a Trent o si este la encontró solo en el fondo del pozo.
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