Black Sabbath y la batalla de Weston-super-Mare

Entero y valiente, Ozzy Osbourne emergió en ese callejón como un derviche furibundo, con ojos de pantera y energía cataclísmica, empuñando el martillo en todo lo alto y girando sobre su eje para sembrar miedo en cualquier gamberro que se situara a su alcance. Era un torbellino armado. Todo barbaján que se acercara a menos de un metro, recibiría un mazazo salvaje, un golpe mortal, previa hemorragia.

Cuando toma el rol de historiador para relatar el episodio de aquella noche del 13 de junio de 1970, en que los jovenazos de Black Sabbath se fundieron en una batalla contra una pandilla de skinheads a las afueras del Winter Gardens Pavillion, en la ciudad balneario de Weston-super-Mare, Tony Iommi destaca el coraje y agallas de Ozzy, pero también subraya la matemática, desfavorable y adversa para el cuarteto de Birmingham, entonces unos flacuchos llenos de vello que rebasaban los veinte años: «Había sangre por todos lados. Fue una pelea feroz. En un inicio, eran alrededor de media docena, pero de repente emergieron muchos más. Ozzy agarró el martillo, pero ellos tenían todo tipo de objetos. Eran unos vándalos dispuestos a todo».

El origen de la barbarie se dio minutos antes, cuando uno de los imberbes de origen penitenciario vio a Geezer Butler manoteando en una cabina telefónica. Encargado del bajo y de cobrar cada presentación en directo del grupo, Geezer reclamaba airadamente la falta de pago por el recital de esa noche. Pero al skinhead, más que los aspavientos del inglés, le retorció la tripa el look, muy a la Frank Zappa, que se cargaba Butler. «¡Sobre el hippy!», gritó el zopenco, arengando a la comuna de gandules.

Publicado tres meses después de la trifulca y eventualmente venerado por bandas de leyenda como Metallica y Slayer, el álbum Paranoid es testimonio imperecedero de que, aún vapuleados, Butler, Iommi, Osbourne y el baterista Bill Ward lograron escapar de semejante garlito. Y como acta particular del mismo existe «Fairies Wear Boots».

«Era usual enrollarnos en riñas con skinheads, así que escribimos esa canción, apodándolos fairies (hadas)», dijo años después un Butler ya adinerado, alejado de los picotazos de las calles y acomodado en un caserón imposible de vulnerar por esos anarquistas que con sus botas bovver y picahielos listos amagaban con despellejar a todo incauto que los encarara con talante desafiante o un gritillo retador.

La lógica de la febril juventud: agarrarse a catorrazos con una cuadrilla de vagos pudo, ¿por qué no?, inspirar el apoteósico tema de cierre de un álbum ceremonial que certificó el nacimiento del heavy metal en 1970, justo el año en que se extinguieron The Beatles y aparecieron muertos Hendrix y Joplin.

A ritmo de los riffs motorizados de Iommi, la noche envolvió los nuevos tiempos, y sobre los extintos campos de flores, esos que tres años antes habían alojado los cariños libres, los desnudos numerosos y las caricias calientes del verano del amor, las nubes se hicieron negras, gordas y densas. Con cara de chamaco demoniaco y alaridos de agonía, Ozzy cantó «Fairies Wear Boots», mofándose de sus enemigos del asfalto («Yeah, I looked through a window and surprised what I saw, fairies with boots and dancing with a dwarf…«) y arriesgándose a que él y los otros Sabbath fuesen apaleados otra vez. Acaso las tinieblas los habían vitaminado. Acaso se sentían protegidos por un ser sombrío, sigiloso y perverso al que acababan de ofrendarle un disco lúgubre y macabramente perfecto.

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