Un silbido bajo las estrellas

A bote pronto o arropados en numeralias, muchos arrojados opinan que “Star Dust” -o “Stardust”, si se respeta el primerísimo manuscrito de su autor- es la mejor canción jamás creada en la historia de Estados Unidos.

Sean una o dos palabras, el tema es aquél del que pueden hallarse más de 1,400 versiones desperdigadas a lo largo de más de noventa años. Aquél que el flaco Hoagy Carmichael compuso en el Halloween de 1927 como un tiro de jazz midtempo en los estudios Gennett, a las afueras de Richmond, Iowa, acompañado por una cuadrilla de chavales a quienes pagó una módica.

Según le explicó a la BBC, la génesis de la pieza se dio en una noche de harto calor en la Universidad de Indiana, donde estudiaba leyes. En la ocasión, las estrellas se asomaban brillantes, tan brillantes y claras que parecían colgar muy cerca de los árboles cuyos troncos orientaban uno de los senderos del campus por donde Hoagy caminaba sin más escolta que su mente avispada, echando miradas al firmamento: “Acababa de salir de un lugar de reunión de la universidad llamado Book Nook, y simplemente comencé a silbar esta partecita inicial de ‘Star Dust’ y me di cuenta de que había encontrado algo muy extraño y a la vez distinto”.

Pocos minutos después de la silenciosa y personalísima epifanía, el tío de veintiocho años se aseguró de capturarla en el piano de la misma universidad para que la musa no se esfumara.

El embrión permaneció con su sencilla y llana línea melódica durante dos años, hasta que Carmichael conoció en Tin Pan Alley, santuario neoyorquino de geniecillos musicales de finales del siglo XIX y comienzos del XX, a Mitchell Parish, chico de cuna lituana asentado en un vecindario del sureste de Manhattan que completaría su pieza. La incorporación de tales versos la separó sin vacilación de cualquier otro clásico estadounidense, convirtiéndola en obra maestra de un romanticismo tristón, introspectivo, surcador de galaxias y conmovedor, centrada en un gran amor que se ha ido para siempre. Un imposible.

Tan solo el arranque demuele la mínima posibilidad de pasar de largo con la “Star Dust” que la poesía de Parish llevó a la cúspide: “And now the purple dusk of twilight time, steals across the meadows of my heart, high up in the sky the little stars climb, always reminding me that we’re apart…

“Crecer en el Lower East Side hizo que no pudiésemos mirar las estrellas”, rememoró Mitchell. “No pretendo psicoanalizarme, pero a veces pienso que esas letras acerca de la luna y las estrellas significaron un escape. Expresaron un anhelo de lo que yo no tenía forma de observar.”

Armada de música y letras, “Star Dust” fue cantada por miles al pasar las décadas, pero entre tanta adaptación sobresale el día en que Nat King Cole la aprovechó, acaso, como ningún otro exponente. Pocos se atreven a disparar contra su majestuoso registro en vinilo de 1957 y, en contraste, muchos le conceden a éste la categoría de standard definitivo, insuperable, inmaculado, inigualable, por encima de entregas de capos como Louis Armstrong, Frank Sinatra o Willie Nelson.

Cuando el Presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower sufrió un ataque cardíaco en la primavera de 1955, su asistencia médica le pidió comenzar su segunda vida con el armado de una playlist que condensara tantas melodías populares como fuese posible. En ello, dijeron los galenos, encontraría una primera dosis de resurrección auténtica. La primera pieza que Ike eligió, sin competencia alguna, fue “Star Dust”.

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