Acaso Justice tome algo de aquel, de ella, de ellos, de alguien. Y con eso haga música. Y nadie lo note. Y nadie reclame.
2007 encontró a la electrónica en un punto de cambio. La fiesta seguía, pero el sonido pedía algo más que brillo. Aparecieron golpes más secos, distorsión, dobleces inusuales y estructuras que avanzaban sin perímetros. Justice irrumpió ahí, con temas enérgicos y contundentes, pensados para derribar puertas.
Fue en ese año cuando el dúo francés editó su álbum †, conocido en algunos lares como Cross para evitar la batalla con la simbología entrincada. Aquella fue una producción elogiada casi de manera unánime que elevó a la banda a alturas de idolatría absoluta en Europa.
Este par no escondía las narices detrás de máscaras o cascos metálicos. Tampoco cargaron seudónimos. Traían bucles anárquicos como si hubiesen sido vapuleados por un ventarrón y barbillas a medio rasurar. Justice era simplemente la yuxtaposición creativa de Xavier de Rosnay y Gaspard Augé, dos galos curtidos entre estudios, clubes y desvelos parisinos. Rostros visibles, frescos, abiertos a entrevistas. Eso sí: trajeron consigo una cruz latina –se dijo que quisieron usar una muy parecida a la portada de Master of Puppets de Metallica– para decorar su concepto y sus presentaciones en directo. Xavier dijo al respecto: «Cuando estábamos haciendo la portada de nuestro disco debut, notamos que la ‘T’ era la letra intermedia de ‘Justice’, y que se podía reemplazar por una cruz. La mantuvimos en todos nuestros trabajos, nunca se fue. Es increíble cuando piensas en ello porque obviamente no es nuestro logo, es el logo de Jesucristo. Es de locos pensar en la forma en que logramos tomar este signo universal y hacerlo nuestro».
Tan relevante fue el símbolo para la mancuerna como el sampleo. Y en la selección, aislamiento y recorte de elementos de tan diversos terrenos, De Rosnay admitió en su tiempo que para aquel trabajo habían extraído fragmentos de cerca de cuatrocientos discos. Con oreja fina y amplio rigor, se pusieron a juicio desde trozos de hip hop y soul hasta rock y metal. Un aplauso, una sílaba, un golpe de batería podían ser escogidos. Y cada corte que pasó el primer examen fue trasladado al laboratorio.
“Genesis” fue la apertura del disco, un puñetazo que si bien no lució como sencillo, sí fue una muestra nítida del método del grupo. Capas superpuestas, empuje permanente, tensión prolongada. El álbum, concebido como una alineación de house y ópera, arrancó sin introducciones largas.
“Tomamos pedazos tan pequeños que nadie en realidad podría reconocerlos. De los aplausos que tomamos de ‘In Da Club’ ni siquiera su autor, 50 Cent, se podría percatar. Los de Slipknot, por ejemplo, son simplemente pequeños pedazos de la voz (de Corey Taylor)”, confesó De Rosnay a la MTV en una entrevista.
Para profundizar en la osadía, en la listilla de créditos de † no hay mención de los artistas, bandas o canciones que sirvieron para cocinar la ensalada de tan adictivo track.
Sepa el más allá qué dirían esos exponentes acerca de las artimañas de los talentosos pepenadores parisinos. Quizá realmente no estén enterados o tal vez opten por fingir demencia o, como acusó Xavier, ni siquiera alcancen a distinguir el fragmento preciso que Justice tomó sin permiso de sus respectivos firmamentos.
O probablemente, ante semejante idea, traducida como una tentadora genialidad, los aludidos no tengan más remedio que aceptar, callar y sonreír.
Y que todo eso quede debajo de la alfombra. Y todos bailen sobre esta.
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