
Jonathan Davis lo ha explicado más de una vez, casi siempre con pausas, con una mirada carente de fuego, con pedazos de silencio intercalados. El Jonathan de barba, consagrado, adorado por toda una legión de devotos, ha vuelto ahí sin intermediarios. A un patio escolar. A una palabra que siempre encontraba el mismo blanco.
Aquel niño salía a la hora de recreo a ser azotado por las tormentas aún bajo cielos azules y despejados. Los relámpagos no eran líneas brillantes en el cielo. Eran mofas a pocos metros del salón de clases en Bakersfield, California.
Sonaba el timbre. El sol caía como candil sobre el concreto. Las filas se rompían, los grupos se cerraban. En medio, Jonathan cruzaba el patio con delineador en los párpados, pómulos tensos, el cabello trabajado con algunos mechones que marcaban la prehistoria de sus rastas. Era el chico de ojos pesados que tarareaba canciones de Duran Duran y The Cure.
Esos detalles bastaban para la condena. Retumbaba el grito: “Faggot!”. Uno aquí, otro allá. Salía desde distintos puntos y encontraba eco en otro apodo que le cargaban al chico: “HIV”. En el salón, a media voz, también sucedía. En el pasillo, junto a los casilleros, y cerca del retrete, entre risas cortantes. Empujones breves. Artillería calculada. No hacía falta una razón compleja: bastaba la diferencia. Y la escena se repetía al día siguiente. Davis vivía escuchando, acumulando hasta el tuétano.
“Sobrevuela el gran rumor de que soy homosexual. ¿Realmente importa? Tengo muchos amigos homosexuales. Es algo que no debería importar. Estuve muy inmerso en la escena New Romantic durante la secundaria, escuchando mucho Duran Duran, usando maquillaje. Varios me llamaron maricón. No podía caminar por los pasillos sin escuchar eso o ser molestado”, dijo a Los Angeles Times el cantante y compositor principal de Korn.
En 1994, la agrupación que fusionaba el funk, el metal y el hip hop a partir de guitarras de siete cuerdas y un bajo apabullante registraba en el estudio Indigo Ranch para su debut. “Faget” abanderaba esas experiencias de la adolescencia entre la lista de temas, una entrega donde la voz de Jonathan salía tensa, directa, sostenida sobre una base para descargar lo acumulado en años, con el peso de dos vidas. La guitarra de Brian Welch introducía el “Bungle chord”, dos notas separadas por tres tonos, una disonancia heredada de Mr. Bungle. Era un sonido apretado, algo agobiante que está por presionar los huesos, como aquel patio de antaño.
Esa placa debut, homónima, era un archivo sin sellos. “Faget” escupía el patio. “Clown” respondía con semejante violencia. “Shoots and Ladders” arrancaba las canciones infantiles donde el adulto acecha. “Helmet in the Bush” abría la cabeza en dos. “Daddy” bajaba hasta el fondo para que la voz de Davis se quebrara ahí mismo, sin repetir toma. Korn le abría el pecho a la infancia y la dejaba ahí, expuesta, latiendo, ensangrentada, pero finalmente al aire.
Las memorias olían a todo eso. Y eran evidencia.
“HIV! (I can see it′s hard to find), this blessing in disguise. HIV! (Why you treat me this way?) made the hate stay…”
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