
Doscientos sesenta y ocho años discurrieron entre el último aliento de Elizabeth Bathory, acaecido en el año del Señor de 1614, y la hora en que su nombre fue invocado en el fragor de cuerdas tensas y metal incandescente, en 1982.
En los días viejos, cuando el Reino de Hungría guardaba sus silencios entre torres de piedra y senderos de tierra, se abrió causa contra la condesa. Fue en 1610. Comparecieron testigos, criados, aldeanos, hombres de oficio. Sus palabras quedaron asentadas con tinta oscura en actas amarillentas. Solo un año después fueron pronunciadas las sentencias y los nombres fueron escritos. Algunos enfrentaron la pena máxima. Elizabeth, amparada por su linaje, fue recluida en su castillo de Čachtice, hoy en Eslovaquia. Allí permaneció, cercada por las piedras y observada por el tiempo hasta el último de sus días. El expediente fue cerrado.
Entre crónicas y relatos erosionados por los siglos, la imagen de la mujer muerta en reclusión a los cincuenta y cuatro años adquirió un contorno sombrío y brumoso: el de una condesa asociada con la sangre, con la juventud y con ritos que fracturaban los suelos de la razón. Algunos comenzaron a nombrarla como una suerte de Drácula femenina y a atribuirle baños escarlata como forma de preservación; otros la figuraron emergiendo de sus estancias con restos de carne entre los dientes y el rostro velado en rojo
Mucho después, en territorios ingleses, un joven llamado Conrad Lant, a quien los suyos conocían como Cronos, frecuentó en su adolescencia bibliotecas para toparse con libros de ocultismo, brujería e historias que rozaban otros extremos. En esas páginas halló el nombre de Bathory. “Su historia me pareció fascinante, porque nunca se sabía dónde terminaban los hechos y dónde comenzaba la leyenda”, dijo Cronos.
Aquella aristócrata húngara, pues, reclamaba algo más. Una voz.
Junto a Mantas y Abaddon formó Venom, una compañía resuelta a ejecutar un sonido más veloz, más áspero y más severo que cuanto entonces se escuchaba en la isla. Así pues, hacia 1982, durante la hechura del disco Black Metal, la historia de la condesa resurgió. Las manos de Mantas trazaron el riff; Abaddon sostuvo el pulso con firmeza; y Cronos, con voz áspera, dispuso las palabras: “Countess Bathory, riding through the night…”
Elizabeth, cuyo nombre las voces más oscuras citan entre los más fecundos en muerte, dejó los muros de su encierro y volvió a cabalgar sobre un sonido que la sostuvo. Entre pergaminos y distorsión, entre tinta y acero, la mujer halló nueva morada.
En las actas quedaron las jóvenes conducidas a sus castillos, los cuerpos quebrantados en despensas, estancias vedadas y hondos subterráneos, los tormentos sostenidos en salas cerradas y las muertes acaecidas bajo su custodia; voces que hablaron de decenas, y otras que elevaron la cuenta hasta centenares.
Muy lejos de Čachtice, una cuadrilla volvió a pronunciarlo y le rindió pleitesía en “Countess Bathory”, entre ruido y berridos.
“But when nighttime fills the air one must pay the price, the countess takes her midnight bath with blood that once gave life…”
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