La historia detrás de las más grandes canciones

Jacques Brel y su ‘Zizou’

El bar Au Rêve, en Montmartre, estaba en la ladera norte del barrio, cerca de la place Émile-Goudeau, una plaza pequeña rodeada de edificios bajos. Desde una mesa junto a la ventana, Jacques Brel tenía vista directa al edificio donde vivía Suzanne Gabriello. Entre ambos puntos mediaban una calle y la plaza. Ahí escribió “Ne me quitte pas” en 1959, cuando la relación ya había terminado.

Se habían conocido en medio de esos aires de cabaret. A Gabriello la apodaban “Zizou”. Actuaba, cantaba, se movía en la atmósfera donde las funciones se encadenaban y los artistas coincidían noche tras noche. Brel la vio ahí y quedó pasmado.

La relación se instaló en la rutina compartida de salas pequeñas, camerinos y bares abiertos hasta muy entrada la madrugada y se sostuvo a diario durante la segunda mitad de la década, en paralelo a su vida familiar.

Mientras tanto, la carrera de Brel pasó de salas reducidas a escenarios más grandes y su nombre tuvo otro tipo de resonancia mientras la relación con “Zizou” se tornaba cada vez más profunda e intensa, auspiciada por coartadas que servían de pivote al disimulo. Suzanne exigió mayor claridad y Jacques mantuvo una doble vida tanto como pudo fungir como equilibrista. En un momento decisivo, decidió enviar a su esposa e hijos de regreso a Bruselas y se instaló con su amante en un apartamento cercano a la plaza de Clichy. El idilio continuó entre giras y encuentros intermitentes hasta que el anuncio del embarazo de la morena marcó un punto de inflexión: Brel negó ser el padre y la actriz estalló en ira. Tras una separación abrupta, Brel escribió la pieza. “No se trata de una composición de amor, es una canción sobre la cobardía de los hombres”, dijo el belga.

Con una línea melódica que toma elementos de la Rapsodia húngara n.º 6 de Franz Liszt, “Ne me quitte pas” fue registrada el 11 de septiembre de 1959 y formó parte del álbum La Valse à mille temps. El arreglo fue encargado a François Rauber, pianista, director y arreglista que pulió y estructuró la pieza y definió el acompañamiento orquestal. Ese mismo año, Brel la interpretó en el Olympia de París, donde consolidó su presencia como uno de los nombres centrales de la chanson.

Édith Piaf, al escuchar la canción, reaccionó con una frase cuyo trasfondo jamás se comprendió al cien por ciento y que acaso combinó reclamo y lástima hacia Brel: “Un hombre no debería cantar cosas como esas”.

A los cuarenta y nueve años Jacques murió en 1978 por un cáncer pulmonar, habiendo decidido descansar eternamente sin llevar al más allá sus correrías y estreses. Se había instalado tres años antes en la isla de Hiva Oa, en la Polinesia Francesa. Ahí pilotaba avionetas y realizaba traslados entre islas. No fue sepultado en Bruselas ni en ese París que le hizo desmadrugarse tantas veces. Retoza en el cementerio del Calvario, en Atuona, en una colina abierta al mar, a pocos metros de la tumba de Paul Gauguin.

El lugar es sencillo, apartado del bullicio del pasado. Lejos de Montmartre, lejos de Gabriello, su dulce y perpetua locura.

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