
Una tienda de campaña aparece abierta en la ladera del Kholat Syakhl (“Montaña de los muertos” en lengua Mansi) bajo un cielo plomizo y un aire denso, en los Urales rusos. La altitud del campamento rebasa los mil metros. Es la noche que une el 1 y 2 de febrero de 1959.
La excursión es liderada por Igor Dyatlov, estudiante del Instituto Politécnico de los Urales. Son siete hombres y dos mujeres, todos buscando la certificación para rutas de categoría III, el nivel más alto del senderismo soviético. Cargan bitácoras, cámaras, equipo de invierno y una mandolina. Han decidido montar la tienda en la ladera y no en el bosque, una decisión registrada en el diario grupal para ganar tiempo.
La lona luce cortada desde el interior, abierta a cuchilladas. Desde la tienda parten huellas que descienden hacia la zona boscosa durante un kilómetro y medio. El rastro mantiene la dirección en los primeros metros, luego se dispersa. El misterio, súbitamente, se posa sobre la montaña.
El dictamen oficial de 1959, firmado por el fiscal Lev Ivanov, concluye que la causa de la muerte de los nueve jóvenes fue “стихийная сила, преодолеть которую люди были не в состоянии” (“una fuerza natural poderosa que las personas no pudieron superar”).
Los forenses distribuyen los cuerpos en tres zonas. Bajo un pino siberiano, entre ramas mudas, se ubican Yuri Doroshenko y Yuri Krivonischenko; este último. Ambos presentan señales de exposición prolongada al frío. En la línea de retorno a la tienda aparecen Dyatlov, Zinaida Kolmogorova y Rustem Slobodin, con heridas en las manos y rostro; Slobodin, además, con una fractura de cráneo. En un barranco cubierto de nieve, como fauces abiertas, son hallados semanas después Liudmila Dubinina, Semyon Zolotaryov —con un bolígrafo en una mano y un bloc de notas en blanco en la otra—, Alexander Kolevatov y Nikolai Thibeaux-Brignolle, con golpes severos en cuello, pecho y cabeza. Dubinina tiene la lengua cercenada y el cartílago nasal aplanado; Zolotaryov expone pérdida de ojos.
El expediente queda cerrado durante décadas dentro de una máquina de control y silencio estatal. A finales de los años 80, en la URSS que empieza a aflojar sus controles, el caso rebrota en artículos y testimonios. El periodista Yuri Yarovoi recupera materiales que habían permanecido contenidos.
Luego, el incidente reaparece en reportajes. La BBC y National Geographic producen especiales; las imágenes, los diarios y los mapas regresan una y otra vez a una historia tan tétrica como fascinante. En 2013, el documental The Dyatlov Pass Incident devuelve el caso al cotilleo internacional. Seis años después, Rusia reabre la investigación y plantea una avalancha de placa.
En 2021, un estudio publicado en Communications Earth & Environment usa modelos nieve para sostener que una avalancha puede explicar la secuencia, aunque persisten dudas sobre la dispersión de los nueve cadáveres, sus lesiones y la distancia recorrida sin equipo adecuado.
En medio de ello, en 2015 es publicado Sorni Nai, un álbum de siete piezas sobre el incidente firmado por Kauan, proyecto musical ruso de ambient y post-rock encabezado por Anton Belov. El disco inicia con “Akva”, centrada en el desplazamiento de los excursionistas. En la letra de “Kit”, sin embargo, la escarcha inmoviliza y apaga vidas. El sendero se vuelve difuso bajo una especie de noche polar y el frío parece encargarse de todo.
La música coincide con los vestigios que dormitan: fragmentos de duda, cuerpos esparcidos en puntos distintos y un trayecto sepultado por el misterio.
“Existe la Fundación Dyatlov que aún sostiene que los excursionistas murieron por una fuerza de la naturaleza que no pudieron eludir”, señala Belov en una entrevista. “Hay otro grupo con un foro cerrado y una carpeta con documentos escaneados. Han conseguido los rollos fotográficos de la expedición, además del rollo en el que se documentaron los cuerpos, el expediente penal y los diarios de Kolmogorova, Dubinina y Dyatlov”.
Esa Dubinina a la que refiere el mandamás de la banda consignó en su diario una irónica premonición la noche del 27 de enero de 1959: “Estamos sentados y cantando. Los chicos tocan la guitarra, Rustem (Slobodin) toca la mandolina. Este es el último lugar de la civilización. Parece que esta será la última vez que escuchemos canciones nuevas”.
El resto de su cuadernillo está en blanco. Como la nieve acostada en la montaña de los muertos.
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