
Hubo un tiempo, de gracia y de oro, en el que John Fogerty hizo canciones de todo, incluso de aquellos lugares que jamás había visitado. El santo oficio de la composición, santuario de la libertad y la imaginación. Y como ejemplo perfecto… su tema predilecto dentro del catálogo de Creedence Clearwater Revival, una entrega atemporal e inmaculada que encumbraba al denominado rock de los pantanos, subgénero surgido en los años 50 amalgamando el rhythm and blues y el sonido preservado por los descendientes de la Luisiana colonial.
“‘Born on the Bayou’ refiere a una infancia mítica en un entorno totalmente caluroso, en pleno cuatro de julio. Se me ocurrió hablar del pantano, un sitio en el que, por supuesto, nunca había vivido”, admitió el siempre fervoroso Fogerty en Bad Moon Rising: The Unofficial History of Creedence Clearwater Revivial. “Solo buscaba ser un compositor puro sin guitarra a la mano, mirando y analizando las paredes desnudas de mi apartamento. ‘Chasing down a hoodoo‘… Hoodoo refiere a una aparición mágica, mística, espiritual e indefinible, una especie de fantasma o sombra que no es necesariamente malvada, pero es de otro mundo».
El aullido bluesero de John lograba engañar a todos. Él y los otros tres Creedence eran chicuelos clasemedieros de la soleada costa oeste de Estados Unidos, abundante en playas templadas y carente de postales pantanosas. En su mente, sin embargo, el menor de los Fogerty gozaba de perderse en las ciénagas turbias donde el sol es non grato, donde los reptiles e insectos son más reyes que las flores y donde no existe el paisaje, los pasos firmes ni las certezas.
De antemano cautivado por las historias del sur de Estados Unidos que repasaba decenas de veces en la enciclopedia, el barítono de Berkeley acabó de enamorarse de los preservorios fangosos cuando el grupo recaló en Baton Rouge, Luisiana, y en uno de los ensayos recibió la visita de John Fred, cantautor que en 1967 llegó al número uno del Billboard con «Judy in Disguise (With Glasses)». Típico orgulloso de su cuna, Fred pidió a Fogerty concederle dos horas para llevarlo a comer los mejores cangrejos de río en un poblado cercano. Horas después, con la barriga llena y nutrida con altas dosis proteínicas de crustáceos, el cantante escribió “Born On the Bayou».
«Yo nunca viví en el sur, así que todo estaba en mi mente. Digamos, más bien, que deseaba ir a esos lugares, todo lo que había escuchado provenía de esa zona”, afirmó el genio que en aquel último año de la década de los 60 presumía un fleco largo que invadía sus cejas al estilo de príncipe medieval.
Durante los «tres días de música y paz» del festival de Woodstock, los Creedence fueron invitados para ser el acto estelar de la jornada sabatina, sin embargo, algunos inconvenientes técnicos, logísticos y climáticos hicieron que John y Tom Fogerty, Doug Clifford y Stu Cook subieran a las tablas alrededor de las tres de la madrugada para iniciar la serenata del desvelo con «Born On the Bayou».
«Estábamos listos para rockear, pero tuvimos que esperar, esperar y esperar hasta que finalmente cuando llegó nuestro turno. Nos topamos con medio millón de personas dormidas, algo así como una pintura de una escena de Dante: cuerpos del infierno, todos entrelazados y dormidos, cubiertos por el barro”, rememoró John. «Pero hubo un momento que jamás olvidaré mientras viva: a un cuarto de milla de distancia, clavado en la oscuridad, en el otro borde de este paisaje, había un tipo moviendo su encendedor de cigarrillos al que escuché gritar… ‘¡No te preocupes, John. Estamos contigo!’ Y así, tocamos el resto del repertorio en honor suyo».
Aquel incauto fue uno de los héroes anónimos del eterno Woodstock, un capo valeroso que permaneció estoico como una garza brillante en medio de un pantano de seres adormilados y devorados por el lodo, el ácido lisérgico y la noche.
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