«Confieso que tengo un problema. Dios sabrá el motivo, y no es un juego de palabras, pero cada que escribo una canción, de algún modo surge el tema de la religión», le dijo hace algún tiempo Martin Gore al L.A. Times.
Si el rubio de Depeche Mode fuera religión en sí mismo, aquí se sembraría la duda de herejes y escépticos. Porque Gore, finalmente, es ambiguo y siempre lo ha sido. Su semblante entre perverso y dulzón, su sonrisa que no expresa con claridad si es ironía o alegría, su cuerpo tan antisexy que a la vez las chicas mueren por profanarlo (especialmente cuando vestía de cadenas sado entre 1984 y 1986), su voz tan suave y vehemente, su mirada tan angelical como sexual.
Incluso su labor como arquitecto de la lírica de Depeche Mode fue ambigua. Vince Clarke se marchó en diciembre de 1981 sin dejar herencia, testamento ni pensión, y Gore, confiado en creaciones ingenuas de la adolescencia como «See You» y en su devoción hacia héroes de la infancia como Elvis Presley y Chuck Berry, agarró el balón a botepronto, golpeó como pudo y calmó al resto del equipo meses antes de lanzar A Broken Frame. No había lógica para seguir adelante como grupo, razón suficiente para… seguir adelante.
El socialismo de 1983, el sadomasoquismo de 1984 y la oscuridad de 1986 hicieron del cantautor un tipo ideal para los primeros fans de médula. Había de dónde elegir, sin recetas, sin manual y, a veces, sin ropa. Gore no era un músico entrenado como Alan Wilder, así que sus canciones fueron como gotas de sangre que caen donde sea, como sea y manchando a quien sea. Ya después, en las entrevistas cercanas a los años 90, dijo que sus demonios internos giraban en torno a tres grandes temas: sexo, amor y religión. «Si analizas nuestro repertorio, verás que todo es básicamente sobre eso», sostenía en una charla durante el Devotional Tour.
Incluso en sus ratos más productivos, dígase las sesiones de encierro en los estudios Hansa (donde vivía un tórrido romance con su novia Christina) para grabar Some Great Reward, Martin hizo las cosas sin guión. Una tarde se desnudó por completo y compuso «Somebody» con Wilder al piano. A oídos de muchos, ese día en Berlín germinó la interpretación más sentida y majestuosa de la discografía depechera en voz del güero. Latidos que rompieron corazones por años y años. Y ni siquiera ese tema «de amor» era tan amoroso, mucho menos perfecto. Gore en estado puro. Ambiguo y cotidiano… una vez más.
Hoy cumple 51 años el hombre de los incómodos trajes metálicos, el ex marido, el padre, el guitarrista, el tecladista y el compositor que tantas veces sirvió de portavoz del alma de Dave Gahan, cuando éste sabía cantar, pero no «hablar». Un terapeuta que no le cobró a su amigo por las recetas de sanación en forma de notas musicales, lo que, de rebote, ocasionó una auténtica religión con mucho sexo, algo de amor y menos dolor.
Gore, el eterno paladín de la poesía rara, desde los tiempos de figuras de plastilina de A Broken Frame hasta las estatuas imponentes de Violator y Playing The Angel.
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