Dave Gahan quemó la mayoría de sus vidas entre los 30 y los 34 años. Era un cadáver andando, un espectro cargándose a sí mismo, un reconocido ricachón con más fugas de dinero que entradas de anhelos. Se moría día a día, era arrastrado por el monstruo de la mitología grunge, olvidaba poco a poco la parte luminosa de su éxito e inhalaba lo indecible porque le temía a las agujas.
Fue justo a los 34 cuando el corazón del llamado «Gato» se detuvo, pero las maniobras y esfuerzos de los hombres de los tapabocas le devolvieron de entre los muertos. Algo habrá convencido a Gahan de quedarse y desde entonces juega el complemento de su vida, acaso el trozo más sano de su existencia. Lo aterró la muerte y, paradójicamente, cobró más vida. Hoy, contra aquellos pronósticos adversos, cumple 50 años de edad.
Quienes hemos tenido el privilegio de entrevistarle en algún momento entre 1997 y 2012, percibimos una diferencia simple y a la vez sustancial en Dave. Responde con frases sentidas, impregnadas de silencios, suele mirar los ventanales para hallar tonos y no sólo expresa palabras. Tiene un doctorado en la vida misma porque sus propias adicciones le regalaron la beca. Y él cursó lo que debía, y pagó todo.
Salir de Inglaterra para instalarse en Los Angeles significó el cambio que lo colocó al borde del abismo en el amanecer de los 90. Luego, tras las dolorosas sesiones de desintoxicación y recuperación, se mudó a Nueva York y se recuperó a sí mismo. Hizo nido, creó nueva familia y volvió a ser la cara fresca de cabello corto que tanto veneran los devotees. Y sus dos discos en solitario hablan de la parte evolutiva que corresponde al músico y ya no sólo al vocalista de Depeche. Por fin se liberó del embrujo de su infancia en Essex, una zona al norte de Londres vituperada por los propios ingleses y cuyo sistema de clases taladró la cabeza de Gahan al grado de hacerle creer que no era lo suficientemente talentoso.
A los 50 y ya con una experiencia superada de cáncer de vejiga, es probable que en poco tiempo Dave opte completamente por protegerse en los abrazos de los suyos y permitir que Depeche sea leyenda sin más. Si antes le llenaba entonar «Dreaming Of Me» en clubes, «Shake The Disease» en arenas o «Enjoy The Silence» en estadios, hoy toda su satisfacción recae en llevar a su hijo al baloncesto, a su hija al colegio y a su mujer Jennifer a las galerías neoyorquinas. Cosecha pura y, a la vez, inversión en el alma.
En 2009, un Dave arrugado pero impecable, con chamarra negra y sonrisa andante, declaró que su hija lo vio durante uno de los conciertos con Depeche y se asustó: «Me dijo: ‘Tú no eres mi papi’». El shock fue instantáneo para el hombre detrás de la estrella.
Ya no se trata de sobrevivir a un infarto en pleno escenario, como sucedió hace 19 años en Nueva Orleans. La espiritualidad que busca Gahan no tiene que ver con ser una deidad que se contonea frente a 50,000 almas en éxtasis. Por encima de eso, está ligada a la vida en familia, muy lejos de excesos y aventuras frenéticas como las del World Violation Tour y el Devotional Tour que le llevaron a quemar varias vidas.
Los fans entenderán que Gahan, a sus 50, ya no protagoniza actos de rebeldía ni ligoteos de hotel con groupies. Ahora le corresponde abrir puerta a nueras y aprobar yernos. Un diferente tipo de tormento…
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