Muse… la bestia perfecta

Me llama la atención el alarde de ciertas agrupaciones que, cada vez con más frecuencia, se encumbran en sus preceptos y se autodenominan “la banda de rock más grande del mundo”. Lo conjugo en presente porque, si bien la tradición se acentuó particularmente cuando Oasis lanzó sus dos primeros álbumes, de ahí en adelante la fila de arrogantes ha sido larga.

Blur lo hizo en su momento, Coldplay utilizó su falsa modestia y a su bienamado Chris Martin para externarlo, a su vez Kasabian apeló a la muerte de Oasis para sentarse en un trono que no es reconocido en el continente americano, y U2 prefirió callar y únicamente dedicarse a construir una monumental Garra de 360 grados para apelar a la interpretación y consecuente juicio de sus millones de súbditos alrededor del mundo.

Otros menos masivos como Black Veil Brides, Brother, Spoke Too Soon, Ulterior y Editors se han colgado de esta frase trillada y se las han arreglado para aparecer en los primeros 20 resultados arrojados si uno teclea la siguiente búsqueda en Google: “We are the biggest band in the world”.

Y podría seguir.

Si dejamos por un momento la Internet y recurrimos a los viejos libros, las pugnas incluirían batallas con nombres tales como The Rolling Stones, The Beatles, Queen, Pink Floyd, The Who, ABBA, The Doors, The Beach Boys, The Eagles, Led Zeppelin, Joy Division y, más recientemente, Guns N’ Roses, Metallica y Radiohead.

A mi juicio, la banda de rock más completa del mundo en la actualidad se encuentra en receso y no volverá a sonar antes de octubre del próximo año, justo cuando lance su nueva creación. Me refiero a Muse.

El trío que lidera Matt Bellamy es una ensalada que cumplió 10 años en la cima del planeta, encabezando los festivales de Reading y Leeds, conmemorando el fastuoso Origin Of Symmetry de 2001 y haciendo válidas las palabras del propio Bono, quien en un intento más de venerarse a sí mismo y al mismo tiempo dejar espacio a los demás, invitó a Muse a abrir varios shows de U2, catalogándolos como el mejor acto en vivo del mundo. Raro que el telonero represente el punto catártico de una noche de recitales, pero al fin y al cabo, cuestionable o no, sospechoso o no, Bono no mintió. La potencia y el colorido de Muse en directo es insuperable.

Además, el grupo atiende a las más altas esferas y satisface a las más diversas personalidades. Mientras Bellamy cumple a cabalidad con la responsabilidad del frontman divo, difícil y virtuoso, la sección rítmica de Dominic Howard y Chris Wolstenholme es lo que realmente hace que la bestia sea feroz y asesina. Y esta magia era igualmente manifiesta ante los poquísimos que llegaron a verlos en el Mercury Lounge de Nueva York, hace años, que en las varias noches que acumula la banda en Wembley Stadium.

Hablando de semejante estadio, el 10 de septiembre de 2010 (la imagen es de aquella noche) tuve la oportunidad de ver el concierto que dio Muse en la nueva versión de tan sagrado escenario londinense y la noche fue sencillamente apoteósica. La bestia devoró a 90,000 asistentes sin manchar de sangre el stage, sin cortar venas con baladas ni destripar almas con notas desbandadas. Fue un procedimiento quirúrgico que confirmó una vez más las palabras de Bono y abatió las aspiraciones de todos esos que ven en la fractura de Oasis, en la vejez de los Stones y en el recuerdo de The Beatles la oportunidad de ocupar el trono vacante.

A 10 años de haber nacido, esta bestia es la más perfecta de la selva. Y muchos la miran con recelo.

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4 comentarios en “Muse… la bestia perfecta

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