La historia detrás de las más grandes canciones

El gringo Favre

En el cuartucho trasero de la Galería Naira en La Paz, Bolivia, Violeta Parra escribe “Gracias a la vida” en un cartón de zapatos.

Ha cruzado tres mil kilómetros desde Santiago para recuperar a Gilbert Favre, el suizo que aprendió a tocar la quena mirando sus manos.

Violeta lo llama Run-Run. Lo encuentra, pero la estación cambió. Favre se ha casado con otra mujer en Bolivia.

El charanguista Ernesto Cavour, presente esos días en la Galería Naira, recuerda que un colaborador de la peña entra al cuartucho a saludarla y la encuentra con el cartón en la mano. “Mira lo que he escrito”, le dice Violeta. “Quiero que lo veas”. En ese cartón está la canción. Cavour — quien le regalará el charango con el que la grabará meses después — dice: “Ella compuso aquí esa canción al gringo Favre. Es una canción bellísima”.

De ese mismo viaje, Violeta se trae dos cosas: el charango de Cavour y un revólver que compra a un prófugo. Se escuda diciendo que es para custodiar la carpa, su gran proyecto en Santiago, una tienda de circo levantada en un terreno de la comuna de La Reina, con superficie de tierra, sillas de madera y un fogón al centro, donde ella cocina. Era su sueño y era un fracaso. Las lágrimas y el sudor derramados ahí no convocaron a nadie. En ocasiones, incluso, ningún espectador.

La canción que escribe en el cartón agradece la vista, el oído, el sonido de las palabras, el cansancio, la risa, el llanto, el amor. Un inventario de lo recibido. Es la composición más celebratoria de la vida que alguien haya escrito en castellano. Y es irreemplazable. Porque ninguna versión posterior, de las cientos que existen, ha igualado la aridez de la original de 1966.

La graba en Santiago ese mismo año, en el sexto piso de un edificio de la calle Matías Cousiño, en una sola toma. La incluye como primera canción de su último disco, cuyo título es Las últimas composiciones, un título póstumo antes de serlo. Su hijo Ángel Parra recordó en una de sus últimas entrevistas: “Llegamos directo al estudio y le preguntamos: ‘¿Mamá, qué vamos a grabar?’ Empezamos con ‘Gracias a la vida’ y así quedó este testimonio. En ese momento, ninguno de nosotros pensaba que estaba haciendo algo trascendente. Tal vez la única que creía eso era ella”.

Un domingo de verano, Violeta pasa la tarde sentada en su cama en la cabaña junto a la carpa. Bebe vino y escribe una carta a su hermano Nicanor. Desde el tocadiscos suena una melodía venezolana: “por una mujer bonita, yo quiero perder la vida…” Poco antes de las seis de la tarde, un disparo termina con el silencio de ese día. Sobre sus piernas descansa la carta, salpicada de sangre. “Yo no me suicido por amor”, ha escrito. “Lo hago por el orgullo que rebalsa a los mediocres”.

La carta solamente la lee Nicanor.

“Gracias a la vida” ha sido versionada en casi todos los idiomas del mundo. Joan Baez la graba en 1974 y la vuelve popular en suelo estadounidense. Mercedes Sosa la convierte en himno latinoamericano. Kacey Musgraves la graba en 2021 para alcanzar otras camadas. Su nieta Javiera Parra dice: “Ese disco muestra a Violeta bien desnuda. Yo me emociono al cantarlas y eso es fuerte”.

Las arenas del tiempo no han cubierto nada. El revólver que Violeta trae de Bolivia, según Ernesto Cavour, fue “el mismo, tal vez, con el que se mató”.

Isabel Parra, su hija, se entera al día siguiente de la tragedia, cuando va a buscar la leche que le vendía la señora Carmen del barrio. La mujer tiene una expresión distinta. “¿Usted no sabe lo que pasó con su mamá?”, le pregunta.

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