
En 1971 el cantautor de los ojos que siempre brincaron entre el verde y el avellana tenía veintiséis años y acababa de regresar del exilio en Italia, donde había pasado casi dos años componiendo en los márgenes de la dictadura militar que gobernaba Brasil desde 1964. De vuelta en su natal Río de Janeiro, Chico Buarque le confesó a la Folha de S.Paulo: “Para hacer mi LP con doce temas, tengo que mandar treinta y seis a la censura, y si dejan pasar alguno, agradezco”.
Cinco canciones fueron prohibidas antes del lanzamiento, pero “Construção” logró eludir la censura. Pesó el ingenio de su autor, su maestría y sutileza, además de la precisión de todo plano estructural concebido por los arquitectos. Todo cubriendo la narración en cuatro estrofas de la jornada ordinaria de un obrero de la construcción, un hombre sin nombre que trepa andamios, come en la cuneta, besa a su esposa con más fuerza que de costumbre, y un día, por accidente, cae desde lo alto. Descompuesto e inmóvil sobre el asfalto, su cuerpo perturba el tráfico.
En la segunda estrofa la historia se repite con las mismas palabras pero los adjetivos cambian de lugar: la pared que era sólida ahora es flácida, el paquete que era flácido ahora es lógico. En la tercera, el hombre ya es una máquina.
Mago de la poesía, Buarque construyó la letra en versos dodecasílabos que siempre terminan en esdrújula, intercambiables como piezas en un tablero — o como ladrillos. Su padre, el historiador Sérgio Buarque de Holanda, bien dijo alguna vez: “Tiene cabeza de arquitecto y corazón de poeta”.
En entrevista con la revista Status en 1973, el propio Chico declaró: “La emoción estaba en el juego de palabras. Ahora, si pones un ser humano dentro de un juego de palabras, como si fuera un ladrillo, acabas moviendo la emoción de las personas (…) ‘Construção’ no era más que una experiencia formal, un juego de ladrillos”.
Nadie buscó al obrero de la canción porque jamás existió. No hubo un accidente específico, no hubo un nombre en un periódico de la época, no hubo una crónica de sucesos que inspirara la letra. El personaje sintetizaba una clase social entera, los migrantes del noreste que llegaban a Sao Paulo y a Río sin contrato, sin red, sin identidad, como ese desdichado hombre en la canción.
El Brasil del “milagro económico” levantaba edificios a ritmo de récord. La dictadura del general Médici vendía la imagen de un país moderno y pletórico, campeón del mundo incluso fuera del futbol. Pero la propaganda no mostró los cuerpos que sostenían ese milagro. Chico sí. Y supo expresarlo sin que los censores lo entendieran.
“Construção” salió en diciembre de 1971 y vendió casi ciento cincuenta mil copias en las primeras cuatro semanas.
David Nasser, célebre periodista de derecha y adversario declarado de Chico, se puso un día a elogiar públicamente la canción. En su artículo fue enumerando las palabras esdrújulas de la letra — máquina, sólidas, tímido, náufrago, pássaro, sábado — como prueba del ingenio formal de Buarque. Y al cerrar la lista, para ilustrar que cualquier esdrújula encajaba en el molde de la canción, escribió un ejemplo propio sin pensarlo dos veces: “Médici, nuestro presidente.”
El gran enemigo de Chico convirtió al dictador en un ladrillo más.
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