La historia detrás de las más grandes canciones

My Bloody Valentine y la devolución del futuro

Luego de la primera escucha, cientos devuelven su copia. ¿El reclamo? Eso suena defectuoso. El oído promedio se siente timado.

Tremolo ha llegado a los estantes en forma de EP con el nombre de My Bloody Valentine en la tapa. Lo que sale de las bocinas es incomprensible. Cae como una nube abrasiva, gorda y pesada, casi un insecticida liberado intempestivamente en un cuarto pequeño y cerrado. Ondula la claustrofobia. Voces hundidas, percusiones difusas, humaredas que no se dejan fijar por los ojos. My Bloody abrumador, amorfo, sin bordes.

Las devoluciones siguen el tallo más elemental de la lógica: el extended play no responde a nada que los fans hayan esperado o presupuestado. La expectativa y el producto viven en galaxias distintas.

Dele Fadele, excéntrico crítico del semanario New Musical Express, lo bautiza como posiblemente “el single más extraño que haya entrado en las listas”. Sin embargo, Brian Eno, un espécimen siempre abierto a toparse con las nuevas medusas del sonido, arroja la mayor —y única— alabanza al cuarteto irlandés: “Es un nuevo estándar para el pop”.

Para entender ese choque, conviene mirar el momento. Agonizan los ochentas en Reino Unido. Una generación repliega la mirada y crea con guitarras saturadas, pedales al frente y voces que parecieran sonar desde dentro de un ataúd. La prensa acuña el término shoegaze. Bandas como Ride, Slowdive y Lush han de ser parte de la nueva cofradía, pero Kevin Shields, el generalísimo de My Bloody Valentine, empuja más allá: la fricción es más seductora que el equilibrio.

“To Here Knows When” se construye en medio de tal convicción con una guitarra con reverse reverb: el sonido se anticipa a la nota y crece hasta volverse un flujo continuo. Lo que parece un muro de guitarras es, en su mayor parte, una sola: Shields graba el feedback de su Jazzmaster en cinta DAT, lo dispara desde un teclado a través de un Akai S1000 y lo capa sobre sí mismo hasta que la repetición se vuelve paisaje. El soporte grave, según el cabecilla de la agrupación, emana de un archivo de la BBC descrito como “a distant disaster”. Calamidades en bucle sosteniendo la pieza desde un registro incompleto.

Con tanta claridad como desgaste, el ritmo de la canción permanece exacto y, al mismo tiempo, se percibe desplazado. “Queríamos que sintieras que el ritmo se había esfumado… aunque seguía en tiempo…”, opina Shields.

La voz de Bilinda Butcher se integra como un sillar más en el gran muro, como un filón de viento en la borrasca. Logra flotar dentro de la mezcla. Sus palabras, las de una sirena de veintisiete años sin instrucción musical ni ataduras técnicas, aportan temperatura, se hunden y luego regresan a la superficie una vez más. Y se sumergen de nuevo.

Meses después, ese nuevo lenguaje alcanza su forma total en Loveless, publicado en 1991. Capas, obsesión de estudio, sonido convertido en estado físico.

“To Here Knows When” queda como uno de los estandartes de esta señal que empieza a empujar a miles a escuchar algo nuevo o a morir en el intento. Por eso, los que han devuelto su copia tras la primera escucha, ignoran que han devuelto parte del futuro.

Move on top, because that way, you touch her, too. Turn your head, come back again, to here knows when…

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