
En los primeros segundos se repite cuatro veces el lamento “Poor Michael”. Cuatro repeticiones en un corte cuyo título va al punto, sin ondulaciones ni recovecos: “Michael Rockefeller”.
Los autores son Guadalcanal Diary, banda originaria de Athens, Georgia, y la canción incluida en el álbum 2×4 parte de un caso documentado de amplia resonancia.
Michael, hijo del magnate Nelson Rockefeller, tiene veintitrés años y una pasión por la etnografía y antropología que empata con estudios en Harvard.
En 1961, pocos meses después de graduarse como uno de los mejores alumnos, viaja a la región Asmat, en la entonces Nueva Guinea Neerlandesa, con el propósito de documentar comunidades y reunir piezas de arte ritual como postes bis, escudos y figuras talladas para alimentar la colección de artes de Oceanía del Metropolitan Museum of Art. Con un mapa, una mochila y una cámara fotográfica, Michael decide emprender un trabajo de campo y no seguir la ruta institucional que su apellido podía brindarle, una misión más sencilla. Así pues, su labor incluye navegación por ríos, estancias en aldeas, registro de medidas, procedencias y funciones de cada pieza.
Lo acompaña el etnógrafo neerlandés René Wassing, quien fotografía y filma en 16 mm gran parte de la expedición, de los desplazamientos en canoa, de la convivencia con los locales y de la selección de piezas. En algunas ediciones documentales aparece un momento cercano a la costa donde Michael mira a cámara y afirma: “Caníbales… eso no es real”. Y esboza una sonrisa.
El 18 de noviembre de 1961, una embarcación tipo catamarán en la que viajan ambos junto a dos guías locales Asmat sufre un vuelco mar adentro. Wassing y otro integrante se mantienen sobre el casco. Michael decide nadar hacia la costa utilizando bidones de gasolina para flotar. La distancia estimada es de tres kilómetros. Rockefeller no vuelve.
Investigaciones posteriores, en particular las documentadas por el periodista Carl Hoffman en su libro Savage Harvest (2014), sitúan el desenlace en noviembre de 1961 en la aldea de Otsjanep. La reconstrucción parte de un momento concreto: tras nadar, Michael alcanza una franja de costa baja. Desde ahí, según testimonios recogidos décadas después en la región, es visto y capturado por habitantes locales, conducido tierra adentro y ejecutado dentro de un ciclo ritual de venganza propio de la lógica Asmat; esos mismos relatos señalan que su cuerpo fue consumido como parte de ese mismo sistema. Los testimonios coinciden en la secuencia general, sin que exista confirmación judicial del hecho.
Veintiséis años después, los Guadalcanal Diary incorporan el nombre y la esencia del misterio de Michael en el rock colegial de mediados de los años 80.
“Me enfoco en escribir sobre cosas que ya tienen una historia detrás… no necesitas explicarlo todo. Si explicas todo, pierdes lo que la hace interesante”, sostiene Murray Attaway, vocalista del grupo estadounidense.
Y retumba el “Poor Michael” simple y crudo, sin mayor desarrollo de la narrativa. Lo demás pueden consultarlo los curiosos en documentales y bibliografía acreditada del caso.
El punto verificable que articula todo es doble: el registro visual de Wassing documenta la expedición del heredero de los Rockefeller hasta el momento previo al accidente, y la desaparición ocurre fuera de cámara. La canción hace pivote en ese punto, donde se reconoce el suceso, se omiten los pormenores y se mantiene todo en la bruma de la historia junto al mar, cerca de la playa de sedimento fino y de esos tupidos manglares que acaso lo vieron todo y no dijeron nada.
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