
La tres veces “Page 3 Girl of the Year” decidió abandonar sus dominios e irrumpir en los territorios del pop, el del atril y el micrófono.
Risueña y escultural, Samantha Fox venía de acaparar entre 1983 y 1986 aquella tercera página de The Sun, el tabloide más leído en el Reino Unido. Su imagen era impresa todos los días en poco más de cuatro millones de ejemplares. Una máquina de visibilidad. Misma ubicación en el rotativo, mismo formato. Repetición convertida en fama.
Pero entonces, su padre, Patrick Fox, lideró la transición y gestionó la firma con Jive Records para luego colocarla en manos de Stock Aitken Waterman, el equipo de productores y compositores más eficaz del pop británico, un trío habituado a crear hits pegajosos en serie que se multiplicaran en la radio. Fue así que para marzo de 1986, Samantha lanzó “Touch Me (I Want Your Body)”, recostada sobre una planicie de sintetizadores y un coro cuyas repeticiones no encontraron obstáculos para enquistarse en la memoria.
El examen mediático fue satisfactorio. Smash Hits habló de “un estribillo imposible de soltar y una energía hecha para la pista”; Record Mirror subrayó “la interpretación directa, sostenida por un ritmo que empuja en todo momento, sin tregua”; Billboard la catalogó como una propuesta de alto impacto, con un gancho perfecto para rotarse intensivamente. The Sun, mientras tanto, despidió a su estrella con honores, con una pose desnuda en la página tres donde se leía: “Otituary. Samantha Fox 1983-1986. In loving mammary”.
“No voy a fingir ser alguien que no soy. Si la gente piensa que soy sexy, está bien conmigo”, atajó Samantha en marzo de 1986, en uno de sus primeros encuentros con las revistas musicales, reacia a ser bravucona. En No.1 Magazine ese mismo año dijo: “Quiero que la gente me escuche y me vea tal cual soy. No me interesa parecer recatada para encajar; me interesa ser honesta con mi personalidad”.
En un entorno que ya había probado más de una vez la potencia de la imagen, Fox colocó la voz como eje y el contexto amplificó el resto. La cultura pop en la isla venía de una década donde la visibilidad femenina se negociaba en clave de portada. Madonna ya había encendido el debate con “Like a Virgin” en 1984 y afilaba su discurso en “Open Your Heart” dos años después.
El video de “Touch Me (I Want Your Body)” remachó la ecuación con coreografías y encuadres que acompañaron una nueva narrativa y mostraron a Fox desquiciando a una audiencia en vivo sin mostrar un solo hombro. Habiendo rechazado la propuesta de protagonizar escenas de cama en el clip, se enfundó en un chaqueta y pantalones de mezclilla. Las poses topless de la otrora reina de la página tres no fueron necesarias. La canción obtuvo el número uno en varios países, el tres en Reino Unido y el cuatro en Estados Unidos.
En perspectiva, “Touch Me” marcó una salida, un escape del formato de periódico sensacionalista para llegar a la televisión, participando en el programa de Terry Wogan y en The Six O’Clock Show. La reacción se materializó en adolescentes que se cambiaron el nombre por el suyo, devotos fervientes que se tatuaron su firma y multitudes incondicionales que más de una vez empujaron puertas hasta hacer estallar vitrinas antes de que abrieran, obligando a asignarle guardaespaldas en el punto más alto de su exposición.
“En un momento, un skinhead me pidió que le firmara la frente. Una semana después envió una foto a mi club de fans, ¡se la había tatuado! Eso fue hace treinta y dos años. ¿Qué debe estar pensando ahora mi querido fan”, dijo a The Guardian en 2018 una veterana cuya sonrisa jamás dejó de ser pícara e infantil. Una rubia al otro lado de la fama. Una que ya había dado vuelta a la página.
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