La historia detrás de las más grandes canciones

‘Blue in Green’ y sus dos actas de nacimiento

No había partituras sobre los atriles cuando el sexteto entró al estudio de Columbia Records en Manhattan. Miles Davis estaba al frente, con su trompeta y un puñado de ideas en la cabeza: esquemas, indicaciones breves, estructuras abiertas a la improvisación. La consigna era tocar lo indispensable y dejar que la forma apareciera en el momento. Así se registraron en 1959 las piezas de Kind of Blue, el álbum de jazz más vendido de la historia, en apenas diez horas repartidas en dos días.

De ese procedimiento donde todo queda por resolverse en un próximo instante salió una pieza que no se parece a ninguna otra en el disco. “Blue in Green” rompe con la norma: no es un blues de doce compases ni una canción de treinta y dos, las dos formas que dominaban el jazz de aquellos años. Se mueve en un ciclo de diez, sin cierre claro, como si todo volviera al inicio.

En la edición original del disco, la pieza aparece acreditada únicamente a Miles, pero más allá de la cuadratura legal, el conflicto comienza cuando se revisa el origen del tejido y el pianista del grupo en aquellos meses, Bill Evans, reclama su mérito en una entrevista con la compositora y conductora del programa Piano Jazz, Marian McPartland: “La realidad es que yo la compuse, pero no pretendo hacer de esto un caso federal”.

En testimonios recogidos por Gene Lees, periodista y crítico canadiense muy influyente en el mundo del jazz, es aún más punzante: “Yo escribí ‘Blue in Green’, pero Miles se anotó el crédito”.

Cuando Evans le planteó a Davis el eternamente áspero asunto de las regalías, la respuesta de éste fue la de un pago único de veinticinco dólares y nada más. Se dice que el intercambio, que no llegó a alegato, duró menos que cualquiera de las piezas de Kind of Blue.

La versión de Evans no se sostiene únicamente en sus palabras. El baterista Jimmy Cobb recordó en más de una oportunidad aquellas grabaciones como un proceso compartido y sin jerarquías rígidas en el momento de crear. Y el compositor Earl Zindars fue todavía más lejos cuando aseguró haber visto a Bill trabajar en “Blue in Green” antes de entrar al estudio neoyorquino.

De ello, la propia música deja rastros. La pieza va patinando lentamente sobre una espiral breve, contenida, una lógica que remite al universo que Evans había construido a partir de Claude Debussy y Maurice Ravel, compositores franceses admirados que priorizaban atmósferas sobre andamiajes inamovibles con desenlaces establecidos.

Sin refunfuñar, Evans volvió sobre “Blue in Green” en 1960, cuando la grabó para su disco Portrait in Jazz. A diferencia de Kind of Blue, colocó en los créditos el tándem Bill Evans–Miles Davis. Es ahí donde se sostiene la tensión. Nada se resolvió a nivel documental, mucho menos hubo una rectificación editorial aceptada por ambos genios. Todo se reduce a las páginas y audios donde viven las declaraciones cruzadas alrededor de un pago puntual, así como una evidencia musical que no coincide plenamente con lo impreso.

Cada versión de “Blue in Green” retoma esa inusual y majestuosa estructura de diez compases que gira sin resolverse del todo, como el propio conflicto que la lleva en brazos. Una obra maestra con dos actas de nacimiento.

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