
En una sala del nosocomio psiquiátrico estatal de Rusk, en Texas, los médicos revisaban el expediente de un chaval patilludo de veintiún años acusado de posesión de marihuana. El juez le había planteado una disyuntiva cuya resolución no parecía compleja: una larga estancia en prisión o el ingreso a una institución psiquiátrica.
Roky Erickson, el cantante que poco antes había grabado uno de los sencillos fundacionales del garaje psicodélico, consideró que el hospital sería la salida más fácil. Y eligió.
La historia de “You’re Gonna Miss Me”, el hit que despojó a Roky del anonimato y lo llevó a un terreno de alto consumo de alucinógenos, tiene su origen en Austin en 1965. Allí surgió The 13th Floor Elevators, una pandilla que mezclaba rhythm and blues crudo con la idea de que la música era una herramienta de expansión mental. El paladín intelectual era Tommy Hall, un perspicaz estudiante de filosofía que sembró el LSD en la modorra de los ratos muertos del grupo. “Creíamos que el ácido podía acelerar la evolución de la mente humana”, le contó Hall a la revista Texas Monthly en su tiempo.
Erickson escribió “You’re Gonna Miss Me” tras una ruptura sentimental cuando aún tocaba con una banda local llamada The Spades. Directa y sin miramientos, la letra era un cóctel de reclamos y advertencias a la mujer que lo había abandonado a su suerte. Musicalmente, el joven provenía de otro sitio porque se había criado a la par de una intensa escucha de los discos de Buddy Holly, el pionero de las gafas de pasta ancha de Lubbock que demostró que desde Texas también era posible escribirse la historia del rock.
Cuando el quinteto se metió al estudio Walt Andrus de Houston en los primeros días de 1966, la maqueta encontró muy pronto su forma definitiva. El guitarrista Stacy Sutherland tardó pocos minutos en afilar un riff a velocidad de pistón que bailoteaba en su cabeza desde la Navidad previa. A su lado, Hall agregó el instrumento más improbable de la sesión: una jarra de barro en la que soplaba como si fuera un bajo primitivo, un burbujeo que acabó convirtiéndose en la firma sonora del grupo.
Así, los alaridos iniciales de Roky encontraron el mejor entorno posible. Su voz, un grito contenido en una caja de metal rebotando contra las paredes hasta deformarse, terminó de engrandecer la toma. La sala se volvió santuario de adrenalina y semejante performance hizo que el ingeniero de la tanda atendiera a su instinto, dejara correr la cinta y una primera pasada fuera más que suficiente.
Aquella toma se convirtió en sencillo en 1966 y trepó hasta el sitio cincuenta y cinco del Billboard, un logro poco común para una banda psicodélica nacida en los pasillos universitarios. Ese mismo año vio la luz The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators, uno de los primeros álbumes en presentar el término “psicodélico” como una declaración de identidad.
Pero Texas estaba lejos del fulgor de California y la policía empezó a seguir de cerca a la banda. Tras varios encuentros tensos con las autoridades, Erickson fue detenido con una pequeña cantidad de hachís y el tribunal le planteó aquella disyuntiva que parecía una salida sencilla y terminó siendo una trampa.
La pesadilla brotó apenas inició su estancia en la instalación psiquiátrica, donde frecuentemente fue sometido a electrochoques y medicaciones que terminaron por resquebrajar su equilibrio. La realidad se desdibujó y en los años siguientes habló de extraterrestres, zombis y demonios con una naturalidad tan perturbadora como alarmante.
La banda se disolvió poco después, aunque la historia aún guardaba su último golpe. El 24 de agosto de 1978, en una casa de Austin, una discusión doméstica terminó en disparos. Stacy Sutherland cayó con treinta y dos años, alcanzado por un revólver que sostenía su esposa.
Para entonces, “You’re Gonna Miss Me” llevaba más de una década circulando entre coleccionistas y músicos. Había dejado de ser de los Elevators y pasó a otros oídos, otros cuartos, otras vidas.
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