
Un mensajero vestido de negro llama a la puerta de una casa estrecha de piedra en la Rauhensteingasse, a pocos pasos de la catedral de San Esteban. El edificio tiene patio interior, escaleras de pino y ventanas que dan a una calle donde los carruajes rompen la neblina vienesa. El individuo trae como encargo una misa de difuntos. No dice para quién es ni revela el nombre de quien paga por ello.
El emisario trabaja para el conde Franz von Walsegg, un aristócrata que suele encargar música a compositores para interpretarla después en privado como si fuese suya. Esta vez desea un réquiem para honrar a su esposa Anna, muerta el 14 de febrero de 1791.
Quien lo recibe es un hombre de treinta y cinco años, abatido por una enfermedad que los médicos no han podido descifrar. Aun así, Wolfgang Amadeus Mozart se muestra cortés con el visitante, pese a sus oleadas de fiebre, la hinchazón en distintas partes del cuerpo y una debilidad que ha hecho de sus jornadas creativas episodios tijereteados.
El precoz compositor de Salzburgo acepta la encomienda y pronto, sobre su mesa de trabajo, crece una misa solemne. Primero el “Introitus”, luego el “Kyrie” y después una larga secuencia del “Dies irae”, donde Wolfgang se planta frente al día del juicio. Cada compás es un círculo más oscuro, una espiral descendente. Y en esa inmersión la partitura alcanza el “Lacrimosa”.
“Lacrimosa dies illa qua resurget ex favilla judicandus homo reus…” (“El día de las lágrimas, cuando el hombre resurja de las cenizas para ser juzgado…”)
La melodía asciende lentamente al igual que el coro… hasta el compás ocho. Ahí se detiene la escritura de Mozart.
El músico falleció el 5 de diciembre de 1791, dejando el Réquiem inconcluso. Ocho compases del “Lacrimosa” y nada más.
Su cuñada Sophie Weber Haibl recordaría aquella última noche en una carta escrita en 1825. Mozart agonizaba mientras la fiebre lo carcomía. Cuando ella llegó a la habitación, el compositor la llamó. “Querida Sophie”, le dijo, “qué alegría que hayas venido. Debes quedarte esta noche. Tienes que verme morir. Ya tengo el sabor de la muerte en la lengua”.
Sophie abandonó la casa por un momento para avisar a su madre que pasaría la noche allí y en el camino se acercó a la iglesia de San Pedro para buscar a un sacerdote. Los clérigos dudaron antes de aceptar la petición. Cuando volvió a la habitación, Franz Xaver Süssmayr, alumno de Mozart, estaba postrado junto a la cama. El moribundo compositor, exhausto, hablaba del Réquiem y explicaba cómo debía completarse cuando ya no estuviera. Para la una de la madrugada del lunes, todo había terminado.
Süssmayr confirmó aquello en una misiva enviada en 1800 al editor Breitkopf & Härtel: “Mozart discutió conmigo muchas veces el desarrollo de esta obra y me comunicó las razones de su instrumentación”. Y precisó que desde el verso “Judicandus homo reus” en adelante, la continuación era suya.
Siglos más tarde el mundo llamaría punk a músicos que desafían el sistema que paga su arte, pero en la Viena del siglo XVIII, Mozart ya había abandonado la obediencia de la corte, había incomodado a la nobleza y había defendido su independencia frente a quienes intentaron sanitizar su música.
Wolfgang no llevaba chaqueta de cuero ni destrozaba instrumentos, pero dejó algo que cualquier músico rebelde reconoció y admiró.
La misa de difuntos, hasta el compás ocho, permaneció sobre la cama, junto al pálido cuerpo de su creador cuyos ojos azules fueron lo último en apagarse. Del cadáver se borró el rastro. Del Réquiem, no.
La partitura amarillenta aún conserva el sitio exacto donde la muerte le detuvo la mano.
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