
A mediados de los 90, el rock alternativo vigila a sus propios héroes con tanta devoción como sospecha. Además de una justa recompensa, el éxito comercial es prueba moral. Cada disco vendido abre una duda y cada video rotado en la todopoderosa MTV desata un juicio. La palabra sellout suena en más de un vecindario y tiene más filo que una navaja.
Tool conoce ese clima de cerca. Después del Undertow de 1993, el cuarteto pega el salto del circuito subterráneo a salas medianas de tres mil butacas. Las camisetas aparecen por todas partes y el nombre del grupo empieza a circular por la red de emisoras de rock alternativo: KROQ en Los Ángeles, KNDD en Seattle, Live 105 en San Francisco, Q101 en Chicago y WBCN en Boston. En esas frecuencias donde se decide qué banda cruza la frontera entre culto y masividad, los riffs de la agrupación empiezan a repetirse y con la notoriedad llega el escrutinio.
Una noche, minutos después de un concierto, un fanático se acerca a Maynard James Keenan con esa sobrada gallardía del creyente que cree haber descubierto una herejía. Lleva Vans, Levi’s 501 y una camiseta de Beastie Boys. Acto seguido, el tipo aprovecha la adrenalina del recital y revela que ha seguido a Tool desde su incubación, que es un OGT (Original Gangster Tool) y que a partir de ello, tiene todo para afirmar que la banda se ha vendido.
El señalamiento termina convertido en “Hooker with a Penis”, pasaje crudo y violento de Ænima, el segundo álbum de estudio de los estadounidenses. El fan habla. El frontman escucha. Y luego llega la respuesta. Keenan desmonta la acusación mediante un verso que se vuelve central en los anales del rock alternativo: “All you know about me is what I’ve sold you, dumb fuck. I sold out long before you’d ever heard my name…”
El argumento es tan simple como brutal. El feligrés exige pureza sin mácula de sus ídolos mientras participa exactamente en el mismo sistema que critica. Compra discos, se cuelga camisetas y adquiere identidad envuelta en el embalaje de la escena alternativa de Los Ángeles. Y la canción continúa metiendo el dedo en el lodazal: “I sold my soul to make a record… then you bought one…”
El circuito queda expuesto en un movimiento pendular entre los protagonistas y uno que otro temerario de su audiencia que les arroja la piedra. La discográfica paga a Tool. Tool vende música. El público paga por escucharla. El sistema funciona porque todos contribuyen. Así que… ¡qué demonios!
“‘Venderse’ es un término ridículo y ese es el foco de la canción. Es un conjunto de palabras vacío, porque todos somos parte de la economía… cada uno de nosotros”, manifestó Maynard en una entrevista con la revista Strobe en 1996.
Musicalmente, la pieza escupe esa rabia con una fiereza casi animal. La batería de Danny Carey, un bataco monumental que el metal progresivo aprendió a venerar, irrumpe como una apisonadora de acero que parece cerrar los dientes sobre el riff, mientras las guitarras trituran el aire y Maynard lanza frases que parecen acumuladas durante años.
Dentro de Ænima, un disco abundante en simbolismos y jogging psicológico, “Hooker with a Penis” es una descarga frontal que coquetea con el thrash metal.
Nunca se comprobó que aquel fan haya reclamado su sitio en la historia de uno de los álbumes fundamentales de Tool, en esa pieza incandescente donde el auténtico puñetazo, desde la perspectiva de Keenan, nunca fue apuntar a un culpable sino mirarse al espejo.
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