
The Beatles han llegado para su gira estadounidense y, como ocurre cada noche de verano en Los Ángeles, ciudad que vive de fabricar mitologías imperecederas, alguien consigue una casa de estilo español en el 2850 de Benedict Canyon.
Dentro de la morada alquilada por Brian Epstein hay guitarras apoyadas contra las paredes, una mesa atiborrada de vasos, varias conejitas de Playboy y el tipo de conversación que únicamente se da cuando nadie tiene prisa por irse a dormir. También figuran en la escena David Crosby y Roger McGuinn, miembros de The Byrds, y una buena cantidad de LSD. A las afueras, decenas de chicas custodiadas por la policía y contenidas por los candados y rejas de la casa.
Para John Lennon y George Harrison la escena no es cuento nuevo. La psicodelia ya empezó a infiltrarse en su mente y en sus composiciones. La noche del 24 de agosto de 1965 la ligereza gambetea entre risas infantiles, guitarras, historietas bobaliconas y gente entrando y saliendo de las habitaciones.
Hasta que aparece Peter Fonda.
Todavía lejos de convertirse en el icono contracultural de Easy Rider, el actor se le pega a Lennon a tal grado que desentona con la atmósfera flotante de la casa donde varios empiezan a arrullarse con las bendiciones del ácido.
“Peter se me acerca y en voz baja dice: ‘I know what it’s like to be dead…’ Empieza a repetir la frase y le contesto que se calle, que no nos importa y que no queremos saber”, recordaría Lennon.
Entonces esboza una sonrisa y explica que cuando tenía diez años se disparó accidentalmente en el estómago y estuvo clínicamente muerto unos minutos. Lo que suena a confidencia metafísica se combina con una expedición lisérgica y adquiere tono de profecía. La atmósfera se vuelve densa, Lennon se incomoda y estalla: “You’re making me feel like I’ve never been born…”
Meses después, aquella frase regresaría convertida en la columna vertebral de “She Said She Said”, cuyo primer encabezado fue “He Said He Said”, inspirado en la insistente anécdota de Fonda.
La grabación del corte se lleva a cabo el 21 de junio de 1966, durante las sesiones de Revolver en Abbey Road. Y ahí se desata una discusión. McCartney quiere modificar el arreglo, pero Lennon defiende que la pieza funciona tal como está. La disputa sube de tono. McCartney se levanta, refunfuña algo entre dientes y se marcha del estudio no sin un seco azotón de puerta. La canción es terminada sin él.
George toca el bajo, John canta y Ringo sostiene el ritmo con una batería que cambia de compás como si el suelo bajo sus pies se hiciera agua.
Años más tarde, cuando las locuras conspirativas del rock decidan que McCartney murió esa misma noche de 1966 y fue reemplazado por un doble, algunos mirarán en retrospectiva y encontrarán en esta sesión un hilo de coincidencias al que ningún morboso se puede resistir: Paul desaparece del estudio. La canción habla de la muerte. Y alguien dice conocer ese estado.
La realidad, sin embargo, es más prosaica: Paul volvió al día siguiente y siguió grabando sin mayor problema. Pero en el rock los hechos casi nunca derrotan a las historias. Basta una noche en California, una dosis generosa de LSD y un actor en plena travesía sideral que repite hasta el hartazgo que sabe lo que es estar muerto por mal usar un revólver. La conspiración estaba servida. El rock, también.
Opina en Radiolaria