
Opresiva. Áspera. Claustrofóbica. La prehistoria de “Polly” bien podría ser “Paper Cuts”, pieza de Bleach, disco publicado en 1989 por Sub Pop.
Kurt Cobain tiene veintidós años y ya carga un alma agrietada. La banda llega desde Aberdeen, un pueblo del estado de Washington marcado por la decadencia de la industria maderera. Allí muchos adolescentes pasan las tardes en garajes tocando guitarras distorsionadas con amplificadores baratos y sueños más bien apretujados por la desesperanza. Pero el rock es salida.
Ese primer Nirvana vive y ensaya ahí, fuma demasiado y pasa horas tocando riffs lentos y sucios. Cobain escribe canciones a veces con rabia, otras con desgano. El bajista Krist Novoselic sostiene las estructuras pegando brinquitos mientras Dale Crover golpea la batería como ritual de demolición.
A finales de 1988 entran a grabar en Seattle con Jack Endino, un productor visionario de la escena local que sabe trabajar rápido y sin demasiadas exquisiteces ni preciosismos. Las sesiones en el estudio Reciprocal Recording son exprés. En total, unas treinta horas bastan para fijar en cinta el álbum, cuyo costo apenas rebasa los seiscientos dólares. El dinero lo pone Jason Everman, un amigo del grupo que todavía no toca una sola nota en el disco pero cuya aportación permite que esas canciones salgan del garaje y queden registradas.
La historia de “Paper Cuts” no emana de la fantasía. Cobain había oído en el cuchicheo vecinal de Aberdeen acerca de una familia que mantuvo a sus hijos encerrados dentro de una habitación. Sin ventanas. Sin visitas. La puerta se abría solo para el pase de comida y volvía a cerrarse.
“El hermano y la hermana estuvieron encerrados y fueron abusados por sus padres durante años. Fueron tratados como perros durante los primeros cinco o seis años de sus vidas”, confesaría Kurt en 1989.
Cobain escribe la canción desde dentro de ese cuarto. Las letras son diáfanas en su brutalidad. Un niño que oye pasos al otro lado de la puerta. Un niño que observa el suelo esperando que aparezca el plato de comida. Un niño que calcula el tiempo a partir de ruidos y sombras.
La melodía es todo menos condescendiente y la guitarra parece un objeto vivo y pesado que se arrastra para avanzar. El ritmo muerde cada compás. El sonido honra al sludge metal que dominaba la escena del noroeste estadounidense en esos años, influido por bandas como Melvins.
En medio de esa densa masa de ruido Cobain pronuncia “nirvana”. Todo un acontecimiento para el grupo que no termina de alinear su identidad y que en algún punto de 1988 se llamó incluso Skid Row.
Todo queda ahí. Un caso verdadero de encierro doméstico y una agrupación joven con ambiciones vaporosas que graba su propuesta garajera para Sub Pop en sesiones vertiginosas.
Una puerta incómoda, una interpretación en los zapatos de la víctima, en su encierro y en su angustia, esa que solo se disipa cuando se escucha un ruido y aparece el plato de comida.
Ahí entra un poco de luz.
“At my feeding time she’d push food through the door, I’d crawl towards the crack of light, sometimes I can’t find my way…”
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