La historia detrás de las más grandes canciones

Judas y Rick Wakeman

En aquel tiempo, Rick Wakeman invocó a Judas.

No al traidor que ensalivó la mejilla de un mesías con el beso más agrio y recordado de todas las épocas, sino al discípulo cercano, el que caminó junto a Jesús, el que escuchó todas esas palabras antes de olvidarlas y el que compartió el pan incluso en la última de las cenas. El beso de la traición vino después.

La historia lo llama Judas Iscariote, un adulto, quizá en la treintena, nacido en Keriot, Judea, distinto al resto de los discípulos galileos. A él se le confió el dinero común: una proximidad práctica que también fue simbólica. Los evangelios lo sitúan acompañando a Jesús desde el inicio de su ministerio. No fue una ruptura súbita.

Mateo dejó asentado el desenlace: Judas se ahorcó. Hechos de los Apóstoles indicó el lugar del suicidio: Akeldama, el Campo de Sangre, en Jerusalén. Las fuentes dan cuenta de su muerte pocas horas después de la Última Cena, en el intervalo breve que separa el arresto del juicio. De Judas quedó eso: un beso mudo, una marca que atravesó los siglos.

Rick Wakeman nació en Perivale, al oeste de Londres, en 1949. En su niñez se formó en piano y teoría musical, y desde los doce años tomó lecciones de órgano de iglesia y participó en las dinámicas semanales de su parroquia bautista. Su exposición temprana a repertorios litúrgicos le llevó a inmiscuirse en el imaginario bíblico y la arquitectura sonora de templo le resultó terreno natural.

Esa memoria sonora regresaría años más tarde convertida en desmesura virtuosa, justo en el pináculo del rock progresivo. Con sus cabellos largos y lacios, Wakeman se rodeó de teclados dispuestos como un enorme altar donde podría celebrar un gran ritual. Más que tocar, Rick oficiaba con el vigor de un atleta.

En 1977 decidió dar el cerrojazo a su álbum Criminal Record con “Judas Iscariot”, una pieza de diez minutos de órgano, coros pujantes y una tensión que rehúye a cualquier indicio de tregua. Una entrega de la que siempre estuvo orgulloso: “El disco no salió como yo quería… salvo quizá por ‘Judas Iscariot’”.

En el corazón de tan ambiciosa arquitectura estuvo el coro Ars Laeta de Lausana, Suiza, dirigido por Robert Mernoud, sonando celestial en una iglesia de Montreux, muy cerca del lago Lemán. A su alrededor, Chris Squire, Alan White y Frank Ricotti completaron el cuadro de aquella ceremonia.

Años después, Wakeman deslizó por ahí y por allá su convicción de que Andrew Lloyd Webber había tomado fragmentos de “Judas Iscariot” para crear “The Phantom of the Opera” e incluso precisó las coordenadas. La similitud es evidente y encuentra su punto más alto a partir del tercer minuto de la pieza.

Ante ello, Webber decidió no responder y el señalamiento jamás acabó en acusación pública ni pasó de ser ruido. La manera escogida por Rick evocó inevitablemente a los evangelios. Más que denuncias, hubo una revelación.

Así como Judas identificó a Jesús frente a sus captores con un gesto en una noche de jueves, Wakeman contó su verdad y la dejó propagarse. Acaso el paralelismo no reside en la traición, sino en el método. En ambos casos, el acto fue suficiente y definitivo.

Opina en Radiolaria

Acerca de

Welcome to OnyxPulse, your premier source for all things Health Goth. Here, we blend the edges of technology, fashion, and fitness into a seamless narrative that both inspires and informs. Dive deep into the monochrome world of OnyxPulse, where cutting-edge meets street goth, and explore the pulse of a subculture defined by futurism and style.

Categorías

Buscar