La historia detrás de las más grandes canciones

“Guajira Guantanamera” y la musa desconocida

Aquel joven cantante de son y guajira recitaba noticias del barrio en tiempos de esplendor del danzonete.

Joseíto Fernández, un flaco natural de Los Sitios, barrio de La Habana, lo hacía cada noche frente a un micrófono metálico en un estudio de radio. Había descubierto que una misma música podía servir para contar lo que ocurría: disputas amorosas, indiscreciones que pululaban en los callejones, pequeños sucesos convertidos en décimas improvisadas.

La sala donde daba rienda suelta a sus crónicas era pequeña y apacible. Los músicos se acomodaban alrededor de un único micrófono suspendido en el centro, mientras al otro lado del cristal un técnico vigilaba la transmisión en vivo. Entonces el locutor anunciaba la noticia del día —un altercado, un crimen, un romance— y Joseíto respondía cantando la historia en décimas que brotaban y se esfumaban en segundos.

La música que utilizaba para improvisar era una guajira-son, una melodía proveniente del campo cubano. En la isla, guajira también es la palabra con la que se nombra a una mujer campesina.

Cuba se movía a distintas velocidades. En el oriente —Santiago, Guantánamo, Holguín— los pueblos cabían en una plaza, una iglesia y una tienda donde se vendían arroz, frijol, queroseno y tabaco. Los jornaleros salían al campo antes de que clareara y regresaban cuando empezaba a caer la tarde. La Habana, mientras tanto, lucía cines abarrotados, cafés perfumados con música y un aparato nuevo que empezaba a convocar a las familias alrededor de una sola voz: la radio.

Joseíto había comenzado a cantar aquella melodía en la radio hacia 1935, pero fue en 1943 cuando un patrocinador de jabones decidió convertirla en parte fija de su programa El suceso del día, transmitido primero en CMQ Radio y luego en RHC Cadena Azul. El espacio relataba noticias policiales y tragedias del momento. Un repentista improvisaba décimas sobre el crimen de turno y Joseíto remataba la historia con un estribillo que empezaba a hacerse familiar: “Guantanamera, guajira guantanamera”.

La emisión tuvo tal repercusión que en la ciudad comenzó a decirse que a quienes protagonizaban algún episodio escandaloso “les habían cantado la Guantanamera”.

En ese paisaje empezó a aparecer una figura que se volvió sospechosamente recurrente en las improvisaciones de Joseíto: una mujer del oriente de la isla. Una guajira de Guantánamo.

Una joven de la que nunca se supo demasiado. Una musa que la historia terminó recordando simplemente como la guantanamera.

“La ‘Guantanamera’ él la crea en 1928. La compuso para comentar un hecho, lo que sucedía a diario. Él leía en el periódico lo que pasaba”, contó en 2016 Migdalia Fernández, sentada junto a un muro cubierto de fotografías en la antigua casa de su padre. “Tenía una enamorada que era de Guantánamo y cuando ella se perdía, él cantaba para que apareciera. Y ella, al sentirse aludida, aparecía”.

Alrededor de aquella mujer comenzaron a circular diversas versiones. Algunos decían que visitaba al cantante en la radio y que un día lo sorprendió coqueteando con otra mujer. Otros hablaban de un romance que terminó en una discusión colosal. Hay incluso quien asegura que todo comenzó con un piropo mal recibido en un callejón de Guantánamo.

Ninguna historia quedó confirmada del todo. Ninguna fue descartada.

A finales de la década de los cuarenta, la melodía terminó unida a versos del poeta José Martí, adaptados por el compositor Julián Orbón a partir de Versos sencillos: “Yo soy un hombre sincero de donde crece la palma…

Así, “Guajira Guantanamera”, más tarde conocida simplemente como “Guantanamera”, empezó a recorrer el mundo hasta convertirse en el himno no oficial de Cuba.

En su origen permanece la imagen de un flaco trovador improvisando frente a un micrófono y la memoria de una mujer de Guantánamo. En la ciudad vieja, entre muros y techos cuyas fracturas respiran brisa y agua salada, ella se volvió perpetua sin que nadie llegara a saber su nombre.

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