La historia detrás de las más grandes canciones

Volar muy alto

Si de volar alto se trata, las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. “Nel blu dipinto di blu”, conocida universalmente como “Volare” a razón del magnetismo de su estribillo, alcanzó el número uno en Estados Unidos en 1958 y obtuvo dos premios Grammy al año siguiente, una hazaña mayúscula para una composición en italiano.

Décadas más tarde, la SIAE, organismo encargado de gestionar los derechos de autor en Italia, la reconoció como la canción de aquel país más interpretada en el mundo, con centenares de grabaciones repartidas en distintos idiomas.

Apenas trece años después del final de la Segunda Guerra Mundial y del derrumbe del régimen de Benito Mussolini, Italia buscaba recuperarse económicamente y reconectarse culturalmente, combinación que permitió que una canción estrenada en Sanremo encontrara eco inmediato.

El 1 de febrero de 1958, Domenico Modugno subió al escenario que desde 1951 funge como epicentro de la canción italiana, y lo hizo para interpretar una pieza que aún no poseía etiqueta de oro. Poco antes del estribillo, el originario de Polignano a Mare abrió los brazos frente al público del casino de Sanremo y pulverizó la tradición sobria del evento. “Sentí la necesidad, una muy natural, de encontrar una forma distinta de cantar, de gritar los sentimientos”, recordaría Modugno.

La victoria en el festival condujo la canción a Eurovisión y el tercer lugar bastó para que comenzara su conquista internacional. El estribillo empezó a escucharse en radios ajenas al italiano y el título breve se instaló con mayor naturalidad en la mente de millones. Con el tiempo, versiones de Dean Martin, David Bowie y los Gipsy Kings la trasladaron a otros contextos sin alterar su vena reconocible.

Pese a las muchas reversiones surgidas en las décadas subsecuentes, la escena fundacional de “Volare” sigue siendo Sanremo, con un histrión de bigote pequeño y carisma gigante que comprendió la dimensión de la pieza y extendió los brazos para que el público se le entregara al instante.

Tras Sanremo, la vida continuó con sus ritmos más ordinarios y vuelos bajos. Un accidente cerebrovascular en 1984 alteró por completo la vida del artesano de la canzone: “Intento mover la pierna, pero ella no quiere moverse. Ya no puedo tocar la guitarra por la torpeza de mi mano”.

Diez años después, llegó el final de Domenico Modugno cuando su corazón se detuvo en el jardín de su casa en Lampedusa. El instante que lo encumbró como recuerdo infinito había ocurrido décadas antes.

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