La historia detrás de las más grandes canciones

‘Walk On the Wild Side’ y los cinco buscavidas

La Factory de Andy Warhol congregaba individuos que habían hecho de sus vidas una puesta en escena. Y Lou Reed caminaba entre ellos como un cronista al que le sorprendía desde el zumbido de una mosca hasta el humo torcido de un cigarrillo.

Ya alejado de sus compañeros en The Velvet Underground, el desarraigado Lou miraba y escuchaba a todos, como si en su mente estuviera reclutándolos para algo.

Venía de Long Island, de un escritorio donde mecanografiaba números en la empresa de su padre. Manhattan lo reclamó muy pronto y en la Factory Reed encontró ese laboratorio donde todo podía pronunciarse en voz alta. En aquella comunidad, la noche y las diferencias eran el plato fuerte.

A su alrededor desfilaban personajes sin tablas fijas, musas de camerino improvisado, habituales del Max’s Kansas City, buscavidas sin brújula y agitadores que hacían de la supervivencia un tipo de estética.

Holly Woodlawn brillaba como figura transgénero del cine underground. Arribó a Manhattan tras una larga travesía en autostop desde Miami que dio tiempo para todo, incluida su gran metamorfosis que empezó por depilarse cejas y piernas. Atravesó noches callejeras antes de que la cámara de Warhol la convirtiera en icono del circuito. Reed abrió “Walk On the Wild Side” con ella.

Habiendo huido de la homofobia familiar de Florida, Haraldo Santiago Franceschi eligió el nombre de Holly y un destino junto a Georgette, su compañera de escapes. Décadas después, recordaría que la primera vez que escuchó la canción se sorprendió y llamó al músico de Brooklyn para decirle: “Creo que me debes un café, has metido un trozo de mi vida en una de tus canciones”.

Candy Darling encarnaba el segundo capítulo del corte. También actriz transgénero tras un tratamiento hormonal, ejerció la prostitución y exprimió el glamour del teatro alternativo tratando de emular la imagen de diva clásica estilo Marilyn Monroe. Fue tan elegante como quebradiza. Nació en Long Island como James Lawrence Slattery y encontró en Manhattan el lugar propicio para reinventarse y formar parte de una comunidad artística que celebraba la ambigüedad y la teatralidad. Eso sí, aunque sobre ella Reed cantó… “She never lost her head, even when she was giving head…”, Candy murió pronto, en 1974, por un linfoma.

Joe Dallesandro aportó el magnetismo histriónico y fue considerado el modelo que definió el erotismo del cine clandestino. Otrora delincuente y dandy irresistible que nunca hizo nada gratis, representó la fisicidad de la ciudad a deshoras. En él se manifestaban por igual la vitalidad y la belleza. “(Lou Reed) fue quien mejor supo contar nuestras historias”, opinó mucho tiempo después aquel icono de la contracultura neoyorquina.

Joe Campbell, a quien todos llamaban Sugar Plum Fairy, iluminaba las noches con dulzura. Amistades, pláticas largas y fiestas interminables delineaban su figura en un ecosistema donde la amistad acababa casi siempre en complicidad y en un intercambio de sustancias que reducían las distancias.

Finalmente, Jackie Curtis era escritora, actriz, poeta de camerino y agitadora. Incendiaba escenarios con maquillaje corrido, pelucas extravagantes y monólogos escritos con tanta euforia como desamparo. Supo deambular en Greenwich Village y Warhol la describió como “pionera sin frontera”, capaz de llevar el teatro a la calle y la calle al teatro. Su talento dejó una cascada de noches eléctricas antes de que la heroína la apagara a los treinta y ocho.

Así, “Walk On the Wild Side” salió de la penumbra plateada de la Factory sin perder los aromas de la madrugada. Holly, Candy, Joe, Sugar Plum y Jackie siguieron existiendo como personajes sin restricciones que nunca abandonan la escena. Reed entendió que Nueva York era epicentro de historietas y que bastaba una liviana línea de bajo para hacer inmortal a quienes la habitaban a contraluz.

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