
Sobre la alfombra de la habitación ocho del hotel Joshua Tree Inn persiste una calma que parece aprendida del desierto.
Heredero inquieto de un linaje que buscaba reconciliar el country con la electricidad del rock, Gram Parsons pasó allí su última noche, en septiembre de 1973. Tequila, morfina y una madrugada rica en silencios y sin testigos sellaron la historia del joven de veintiséis años nacido en Florida que había decidido llamar Cosmic American Music a su visión carente de fronteras.
Parsons conoció a Emmylou Harris meses antes y encontró en ella la voz que completaba su idea. La invitó a su banda The Fallen Angels, la llevó a Nashville y a escenarios donde el honky-tonk convivía con la psicodelia residual de California. En los ratos de ocio y en las largas rectas de las carreteras compartían discos de los Louvin Brothers, hablaban de George Jones con devoción y afinaban armonías que un día terminaron fijadas en “Love Hurts”. Harris aprendía y Parsons parecía feliz de transmitir una tradición.
La mañana del 19 de septiembre el silencio reemplazó a la música y le puso un manto encima. El cuerpo de Gram debía ser trasladado en avión a Nueva Orleans para el funeral familiar, pero la historia se desvió por un sendero inesperado. Su mánager de gira Phil Kaufman y el asistente Michael Martin se las arreglaron para interceptar el ataúd en el aeropuerto de Los Ángeles. La irrupción estuvo motivada por el persistente recuerdo de pláticas con Parsons en las cuales este externaba su anhelo de tener una despedida entre rocas y horizontes abiertos.
Condujeron el ataúd en una carroza fúnebre robada hasta Cap Rock, una formación rocosa del Parque Nacional Joshua Tree, a pocos kilómetros del hotel. La carretera se abrió lentamente y el desierto quedó suspendido bajo la noche estrellada del Mojave, vasto y silencioso. Allí, entre rocas tibias y viento seco, rociaron el féretro con gasolina y le prendieron fuego; el resplandor dibujó sombras breves sobre la piedra y los rostros antes de extinguirse. La cremación quedó incompleta y el humo, tenue y errante, se disipó en la oscuridad del desierto. Horas después, las autoridades recuperaron los restos de Gram, quien días más tarde fue sepultado por sus familiares en Nueva Orleans.
Harris llevó la ausencia de su amigo al escenario y al estudio, permitiendo que cada canción completara todas esas conversaciones que quedaron truncas sin aviso ni remedio. Apenas dos años más tarde publicó “Boulder to Birmingham”, un tema de despedida inserto en el álbum Pieces of the Sky en el que se funden el sitio de la muerte de Parsons y el imaginario sureño del country. “La escribí para asimilar la pérdida y seguir adelante tras la muerte de Gram”, dijo la artista de Birmingham, Alabama.
Hoy, la habitación ocho del hotel Joshua Tree Inn, donde un espejo de aquella estancia aún refleja la luz del desierto, recibe flores, vinilos y pequeños manuscritos en honor al chico desaliñado de sonrisa fácil y voz quebradiza que convirtió la melancolía en armonía.
A pocos kilómetros, Cap Rock yace en silencio bajo el resguardo de los árboles de Joshua, los vigilantes mudos cuyos extremos se despliegan como abanicos, como antorchas vegetales, como manos alzadas. Entre ambos puntos se extiende un trayecto breve y una historia que atraviesa generaciones. El desierto, siempre discreto, lo ha visto y oído todo.
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